Cada vez se elige menos

Las elecciones deberían ser la fiesta de la democracia, el momento en que la ciudadanía decide su destino y define quién administrará los recursos públicos. Sin embargo, en nuestro país, cada vez se vota más, pero se elige menos.

La democracia deambula entre una corrupción próspera, una educación debilitada y una población que sobrevive en medio de necesidades permanentes. En ese escenario, las campañas electorales parecen haber evolucionado hasta convertirse en una feria comercial donde abundan ofertas, los regalos y las promesas, pero escasean los proyectos y la credibilidad.

Hoy el elector ya no necesita esconderse para recibir víveres, chapas, combustible o dinero. Todo ocurre a plena luz del día, casi con la naturalidad de quien cobra una factura pendiente.

Y en cierto modo lo es. El ciudadano recibe un pequeño adelanto de lo que luego pagará durante años en impuestos, tasas y servicios deficientes. El político entrega G. 100.000 durante la campaña y luego pasa cinco años intentando recuperar la inversión con intereses que harían sonrojar a cualquier banco.

El sistema se alimenta de sí mismo. La necesidad empuja al ciudadano a vender su voto. La clase política aprovecha la necesidad para comprarlo. Luego, una vez en el poder, genera las condiciones para que esa necesidad nunca desaparezca.

Si el pueblo progresa, piensa. Si piensa, pregunta. Y si pregunta, puede dejar de votar por los mismos de siempre. Por eso la pobreza, la dependencia y el clientelismo terminan siendo socios estratégicos de muchos dirigentes.

Trabajamos para sostener un aparato político cada vez más costoso, mientras nos convencen de que debemos agradecerles por devolvernos una pequeña parte de lo que previamente nos quitaron.

Pero, avei ningo, es fácil señalar únicamente a quienes ocupan los cargos públicos. Sin embargo, la reflexión debe ser más profunda.

Porque si los mismos nombres aparecen elección tras elección, si los mismos discursos siguen funcionando y si las mismas prácticas continúan vigentes, es necesario preguntarse quién mantiene vivo el sistema.

Una democracia no se degrada solamente por culpa de los malos dirigentes; también se deteriora cuando los ciudadanos renuncian a ejercer su responsabilidad.

Resulta paradójico que una reducida élite política logre manejar a su antojo los recursos, las instituciones y las decisiones que afectan a miles de personas.

Una inmensa mayoría trabaja cada vez más para vivir cada vez peor, mientras una pequeña minoría trabaja cada vez menos para vivir cada vez mejor. Y todo esto ocurre con la autorización periódica que otorgan las urnas.

omar.acosta@abc.com.py