Ese clima lo estamos viviendo ahora mismo. Sean oficinas, comercios, los hogares y cualquier fila un poco lenta. Todos tienen una opinión, o se saben la formación ideal y, haciendo competencia a los políticos, pueden explicar el error de ayer como también vaticinar lo que va a pasar mañana.
Las eliminatorias sudamericanas nos volvieron a encontrar a todos los paraguayos unidos en torno a la Albirroja. Desaparecieron, por tiempo limitado, las diferencias y emergió esa identidad compartida en torno a algo mucho más grande que el egoísmo individualista. ¡Y clasificamos nomás!
Después, vino la emoción de los compatriotas que pudieron viajar a los Estados Unidos. Algunos en familia, otros solos o entre amigos, usando dinero que ya había o que se va a tener que pagar en largas cuotas: no importó la distancia para ir a alentar. Y qué lindo ver las camisetas con los colores rojiblanco en las graderías, y tanta gente linda representando allí el sentimiento de todos.
El fútbol regala alegrías difíciles de describir. Un golcito en el momento justo cambia el humor de la nación entera por una semana. También genera pirevaí, sobre todo detrás de derrotas humillantes. Así es esto...
Y los benditos árbitros. Ídolos cuando pitan bien y vilipendiados cuando se mandan macanas. Es allí, en esos fallos incomprensibles, cuando muchas veces las emociones se desbordan a raíz de la indignación. Sentimientos a flor de piel.
Genera ganancias y crea convocatoria como pocos deportes. El poder de los patrocinios, trasmisiones, comercio y turismo de entretenimiento mueve una enorme industria, trasversal a fronteras y culturas. Y esto crea intereses, nos guste o no.
Pero el fenómeno más grande está en las emociones. Increíble como el fútbol puede sacar lo mejor y también lo peor de las personas. La pasión desmedida. Como cuando vemos a ese amigo, el más tranquilo de todos, amenazando a medio mundo por no compartir su opinión.
El fútbol es pasión. Y como toda pasión, tiene dos caras: puede inspirar lo mejor y también desbordarse. Aquí es siempre importante recordar lo que le dijo un papá a su hijo triste al salir de la cancha tras una derrota “siempre va a haber otro partido”. En eso se resume todo.
Mientras tanto y como siempre, Paraguay avanza sufriendo. Ese es nuestro esquema táctico, medio obsoleto, y del que no queremos salir. Pero nuestro. Los resultados -según cómo se den- dejan siempre distintas sensaciones, pero hay que mirar hacia el siguiente partido. Vamos a dar mucho siempre, en éste y en los Mundiales que vendrán.
