La tibieza del Estado

Hay presidentes que se definen por lo que hacen, y hay presidentes que se definen por lo que evitan decir. Santiago Peña pertenece cada vez con mayor claridad a la segunda categoría: viaja, sonríe, estrecha manos, posa en cumbres, pero a la hora de fijar una posición firme en los temas que realmente importan opta sistemáticamente por el silencio prudente y la frase que no compromete a nada.

El caso de la senadora Celeste Amarilla y Kylian Mbappé lo retrató con crudeza. Tras la ola de insultos de la legisladora, que motivó una investigación de la fiscalía de París, el Gobierno esperó, midió el viento y recién entonces salió con una fórmula de manual contra “todo tipo de discriminación”, sin nombrar a la senadora ni asumir costo político alguno con su propio bloque. Tibieza ejecutiva en estado puro.

Ese mismo patrón se repite puertas afuera. Peña se reunió con Marco Rubio, fue invitado a la Cumbre por la Paz en Gaza y compartió mesa con una decena de mandatarios en Miami, pero la foto que sigue sin aparecer es la del mano a mano en el Despacho Oval que sí tuvieron Javier Milei, Nayib Bukele o, más recientemente, el presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, con quien Peña apenas pudo concretar una videollamada. A Donald Trump no le interesan los perfiles bajos: premia a quien se juega sin miedo a la foto incómoda. Las afinidades entre líderes también se ganan con definiciones, no con comunicados ambiguos. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no deja de elogiar a Milei como “gran amigo de Israel”, y ese tipo de gestos no se obtienen con diplomacia de escritorio.

La tibieza también se cuela en decisiones domésticas presentadas como consenso técnico. En materia de niñez, medioambiente y género, el Ejecutivo absorbe sin explicar ni defender públicamente una agenda de organismos internacionales que dista bastante de la cultura y las tradiciones paraguayas, e incluso de las bases ideológicas del propio Partido Colorado, como si alinearse bastara para evitar el costo de tener una posición propia.

El horario de verano permanente es otro ejemplo del mismo patrón. Sostenido por el Gobierno pese a las advertencias de docentes y padres por los amaneceres oscuros que perjudican a los niños del interior, se defiende como simplificación administrativa mientras ignora lo que la propia naturaleza del país, su ubicación, su clima, sus ciclos de luz, viene señalando desde el primer debate. Se prioriza la comodidad política antes que la evidencia.

Los liderazgos que dejan huella, para bien o para mal, son los que toman decisiones con convicción y las sostienen. Los tibios son devorados por el tiempo sin dejar nada memorable.

Santiago Peña se pasa buena parte del año recorriendo el mundo para promocionar a Paraguay, un esfuerzo que tiene su valor real. Pero ese trabajo rendiría mucho más si puertas adentro el Gobierno se animara a tomar posiciones firmes en lugar de administrar equilibrios. Ningún inversor ni aliado estratégico apuesta fuerte por un país cuyo líder no se anima a decir con claridad qué piensa sobre lo que le pasa a su propia gente. La tibieza también es imagen país, y esa imagen se nota.

La pregunta que queda flotando es simple: con menos de tres años de mandato por delante, ¿cuándo termina la siembra y empieza la definición?

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