¿Seguiremos delirando por una ciudad mejor?

Ayer hemos recordado el aniversario de la capital de la República, la muy querida y sufrida Nuestra Señora Santa María de la Asunción. Desde los inicios de su existencia -15 de agosto de 1537- Asunción sufrió las calamidades de la naturaleza y del hombre.

En el mismo año de fundación “vino tantas langostas que el sol oscurecía y cubría toda la tierra y la destruyó, que no dejó cosa verde en ella...”. Cuando el proyecto de ciudad se expandía, el 3 de febrero de 1543 se produjo un pavoroso incendio que duró cuatro días. Se quemaron 120 casas, animales domésticos y granos que se guardaban para el consumo. La primera consecuencia fue el hambre.

Junto con estas y otras calamidades se padecieron los interminables enfrentamientos entre facciones rivales. Uno de los más serios fue la “herencia” de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca que dividió la Provincia entre “leales” -que eran sus partidarios- y “Comuneros”, que respondían a Martínez de Irala que se alzarían después contra los Jesuitas en feroces batallas que tuvieron resonancia planetaria.

Desde entonces hasta aquí la capital del país es el escenario de encuentros y desencuentros de facciones partidarias que buscan acomodarse en el poder, o en su periferia, bajo cualquier condición.

Desde hace 489 años seguimos con el sueño de encontrar el Mba’e Vera Guasu de los guaraníes y la Sierra de la Plata de los conquistadores. En esta búsqueda -para que la historia se repita- padecemos desencuentros, enojos y desengaños. Asunción nació bajo el signo del espejismo. Sus fundadores levantaron una Casa Fuerte para que sirviera de “amparo y reparo de la conquista” en la creencia obstinada de que sería el punto de partida para escalar las montañas de oro y de plata.

La fundación de la que sería la capital del Paraguay ha sido un accidente. Buenos Aires fue la elegida por don Pedro de Mendoza para el proyecto de afianzar los dominios españoles. Pero no había qué comer y los nativos no eran amigables. Con los carios encontraron amistad y alimentos. Un jesuita anónimo, citado por Julio César Chaves, escribió: “La fundación de esta ciudad (Asunción) fue más por vía de cuñadazgo, que de conquista (…) los españoles abundado en comida de la tierra, y con tantas mancebas no aspiraron a más contentándose con un poco de lienzo de algodón teñido de negro para su vestido...”

Los conquistadores llevaban ya 10 años en estas tierras y todavía se aferraban a la esperanza de adueñarse de la Sierra de la Plata. Todos los intentos fracasaron al no dar con la montaña de oro de sus delirios. Martínez de Irala se puso al frente de un numeroso grupo de indígenas y españoles dispuestos a conquistar la esquiva fortuna, por la que se iban en suspiros y afanes. Y llegaron hasta donde nadie había llegado antes. Al fin, después de un largo, agotador, descomunal viaje, Martínez de Irala y sus hombres pisaron las estribaciones andinas. Pero sólo fue para comprobar que el Potosí -El Dorado de los sueños y los quebrantos- ya había sido descubierto y tenía dueños. El regreso fue doblemente penoso. La desilusión explotó enseguida y camino a casa destituyeron a Martínez de Irala del cargo de Gobernador.

Con los viajeros llegó la mala nueva a Asunción, ocupada en despilfarrar su energía en una revuelta, como tantas veces habría de repetirse en su historia. Se le repuso a Martínez de Irala pero los asuncenos no se repusieron de la desdicha de saber que nunca tendrían oro ni plata.

¿Será que los asuncenos seguirán, con el nuevo jefe o jefa comunal, delirando por una ciudad mejor?

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