Escribime al WhatsApp

​Días atrás, un amigo extranjero comentó algo que me causó gracia. Veníamos hablando de cómo nos comunicamos y, en cierto momento soltó con mucha sinceridad: “Aquí ustedes hacen todo por WhatsApp”. Lo dijo muy en serio, y le tuve que dar la razón. En Paraguay, si no ocurrió así, es solamente porque todavía nadie tuvo tiempo de crear el grupo.

​Y la verdad que sí. Por WhatsApp organizamos reuniones de trabajo y de las otras, cumpleaños, asados, partidos de fútbol, viajes, reuniones de padres y hasta la colecta para comprar un regalo. Se cierran negocios, mandan presupuestos, hacen pedidos, confirma una transferencia y comparte la ubicación de lugares donde, por supuesto, “es facilísimo llegar”. Todo rápido, barato y bastante eficaz. Eso sí: también podemos recibir 63 mensajes para decidir… dónde cenar.

​WhatsApp es una plataforma de mensajería de Meta que funciona mediante internet y que prácticamente nos instaló una oficina en el bolsillo. Permite enviar textos, audios, fotos, videos, documentos, ubicaciones y contactos, además de llamadas y videollamadas. Es gratuita para el usuario común y sencilla de manejar. Tan simple, que la usa desde el nieto que manda stickers hasta la abuela que descubre el botón del micrófono y nos regala un audio de cuatro minutos.

​También reemplazó unas cuantas cosas. Antes llamábamos por teléfono, mandábamos mensajes de texto o escribíamos correos. Para avisar algo importante, llamábamos. Para avisar algo no tan importante… también llamábamos. Hoy un “Hola, ¿cómo estás?” puede llegar acompañado de una foto, tres audios y, si uno tiene suerte, inclusive la información que necesitaba.

​Claro que no es perfecto. Hay estafas, cuentas robadas, suplantaciones y gente que alegremente comparte datos personales con cualquiera que le escriba “Hola, primo”. WhatsApp tiene cifrado de extremo a extremo y mecanismos de seguridad, pero hay algo que ninguna aplicación puede solucionar: el usuario. Así, aquello de “chemoproblema che celular” son complicaciones que ocurren, pero 100% responsabilidad del usuario.

​Y están los grupos… ¡aayyyy los grupos! Familiares, del trabajo, amigos, el fútbol, el colegio, el edificio y probablemente otro para discutir qué se dijo en los otros grupos. Algunos silenciosos durante meses hasta que alguien pregunta: “¿Quién tiene el contacto del electricista?”. Cinco minutos después aparecen siete recomendaciones, tres números y alguien que aprovecha para ofrecer empanadas.

​Esta herramienta también consiguió algo que parecía imposible: convirtió el “visto” en una herramienta de interpretación psicológica. Si alguien no responde, está ocupado. Si tarda dos horas, está complicado. Si aparece en línea y no contesta, ya estamos entrando en terreno diplomático. Y si escucha nuestro audio y responde con un lacónico “ok”, bueno, hay que analizar bien el siguiente paso.

​Mi amigo extranjero probablemente tenga razón. En Paraguay hacemos de todo por WhatsApp. Y de tan acostumbrados que estamos, ya ni siquiera nos parece extraño. Forma parte de nuestra cotidianeidad. De repente mañana inventan otra cosa y nos adaptemos igual de rápido. Convengamos: Para ser una aldea mediterránea y medio atrasadita en algunas cosas, en otras somos muy pro.

​Mientras tanto seguimos ahí, pendientes del celular y esperando el próximo mensaje, audio, sticker, presupuesto, invitación o “urgente” que en realidad podía esperar perfectamente hasta mañana. Para no desentonar de esta moda tan paraguaya ya saben: Si precisan aclarar cualquier cosa no hace falta llamar, por favor me escriben nomás al WhatsApp.