Primera parte (El Pasado)
La historia no se repite exactamente, pero en el Partido Colorado ella rima con una afinación perfecta. El conocido “abrazo republicano” se viene produciendo desde 1894, cuando la cúpula partidaria descubrió que sus crisis internas se solucionan siempre con la misma receta: matarse a discursos durante la interna y después abrazarse sobre las planillas del presupuesto de la nación.
Hoy, según una jueza, el problema es que el tráfico de armas en Paraguay está equiparando al tráfico de drogas, pero la oferta para el consumo de noticias es una de “división inédita”, de cúpulas que se miran de reojo y de herederos que ensayan coreografías de autonomía.
Pero el guionista olvidó que hay archivos y que el Norte mira por dónde pasa la droga y de dónde sale el dinero. El retrovisor de los años 80 muestra un modelo trágicamente idéntico al que antecedió a la caída de Stroessner: un centro de gravedad hiperdominante con un líder que hoy ya no usa botas pero sí abultada billetera, y una tecnocracia con saco y corbata que le disputa el poder con rubros del Estado, recordando aquella disputa entre “tradicionalistas” y “militantes”, sin ser ahora ni unos ni otros.
En el pasado, las diferencias se resolvían con duelos de honor a balazos, destierros y exilio. Hoy los colorados ya no cargan con féretros de ningún cadáver político. Aprendieron que el “mejor amigo de un colorado es otro colorado” y la muerte civil moderna apenas llega a vetos a candidaturas filtradas en los portales y una sequía implacable de “favores de lapicera”.
Segunda Parte (El Presente)
El Salón de Baile de la Discordia
Ya era una absoluta normalidad que el poder sea ejercido en un quincho de la avenida España, donde se reunían solamente los allegados al presidente del partido, Horacio Cartes, y no en el Palacio de Gobierno, sede del presidente de la República, Santiago Peña.
Las órdenes gubernamentales y legislativas salían del quincho y se convertían en decreto y ley, ya que el presidente Peña sufría —hasta ayer— de un complejo de inferioridad por haber abandonado su condición de militante liberal para convertirse en afiliado colorado por orden de Cartes, presidente del partido, propiedad que adquirió en una subasta privada.
HC tenía mucha confianza en su intuición para nombrar candidatos y así se estuvo acostumbrando a ganar siempre, hasta que el último designado a dedo para la candidatura de intendente de Asunción fracasó. Perdieron votos y dinero. No importa que la ANR haya ganado más municipios que antes; perdió Asunción, tocaron su orgullo y buscó culpables. Movió fichas, comenzando por su candidato para el 28 —también a dedo—, Alliana, pero éste se rebeló y detrás de él los gobernadores, muchos diputados y senadores.
Desesperado, HC buscó a su guaú principal adversario, Marito. Hizo tambalear al presidente Peña metiendo la mano en el banco que crearon juntos para la extracción de fondos públicos, tratando con todo eso de crear confusión y miedo en la dirigencia partidaria. Aunque se dio cuenta de que ya era tarde, intentó imponer algunas cosas más, como descabalgar a Alliana, cambiar a los directores del BCP y dejar parado a Peña como único ladrón.
La comedia de enredos ya se estaba poniendo densa más de la cuenta. El apuntador del libreto, a quien se obsequió el título de mejor conocedor de estas lides, prefirió permanecer callado en las cavas de maduración de Sanber, esperando que la pelea de esposos que duermen en camas separadas pero tienen juntos la cuenta bancaria volviera a su cauce normal. Si abriera la boca, Nano podría devolver el curul del Senado y él mismo podría dejar de pescar en río revuelto con la esperanza de reemplazar a Mangui en la Vice. Por algo aquel tiene la fama de manejar siempre el CALEndario a su favor.
Cuando algunos dirigentes acudieron a él en busca de respuesta a la pregunta: ¿Mbaéiko la oikova hina, correlí? ¿Cierto piko la ñande líder ojehejata la política gui?, respondió con sabiduría: Ndaipori mbaevé, pero oĩ la oíva hina. (chiste de Nicanor).
Tercera y última parte (El futuro)
El camino inevitable del abrazo final
—Permiso, tengo un compromiso y debo retirarme —dijo el diputado, y desde el fondo de la sala le respondieron desde el anonimato—: Mbaé piko oita iñimportante vea ko’ãvagui.
No pudo identificar quién era, pero lo sospechó, así que se vio obligado a replicar: —Tengo un torneo de truco y pikiboli que se inaugura hoy. Soy el padrino.
—Yo también —dijo el senador—, porque tengo un asado pro capilla y le prometí llevar carne al pa’i, y dentro de una hora cierra la carnicería donde tengo libreta.
Alguien silbó.
—Che gatú ahatama avei porque ya sé cómo va a terminar esto, y la suerte ya está echada —dijo otro aún más cercano, y otra vez desde el fondo se escuchó que alguien hizo escuchar: Ahí VA-CHIflando.
En la reunión se estaba tratando la extinción de Honor Colorado y el descabalgamiento del candidato del patrón. Un parlamentario que procuraba hablar como intelectual bajó algunas líneas para la discusión.
Un representante del interior que ya denotaba mucho cansancio se paró y soltó: —Ja pytama sin líder y sin candidato. Ni vice nda jaguerekói véi, así que vean nomás ya a quién nos acoplamos, porque de esta casa nadie sale: tenemos aire, piscina, heladera, freezer lleno, y presupuesto nacional. ¿O van a salir a buscar trabajo?
Un capitalino que trató de mediar entre el que intentó actuar de académico y el tosco dirigente de campo, acotó: —Señores, no es tan fácil. Primero debemos mostrar que hay una división profunda, hacer creer a las bases que podemos caer nuevamente del gobierno, repetir que si bien ellos tienen el palacio nosotros tenemos la junta de gobierno, hacer el chake del juicio político a la lapicera y asustarlos con nuestros contactos con Israel y la Casa Blanca. Hay mucho por discutir, señores.
Otra vez desde el fondo, alguien tímidamente planteó: —¿Y si fingimos una amnesia colectiva, que no nos acordamos de nada de lo que se hizo y se dijo, mientras cada uno negocia sus pases para nuestra ubicación en las listas del 28?
El que ya estaba a punto de estallar y solo se contenía, estalló por fin. Saltó y golpeó la silla con el taco al levantarse, además de empujar la de enfrente.
—Che kuerái. Hagan lo que tengan que hacer y avisen con quién será el Abrazo Republicano. Chau.
Silencio, sí-len-cio…ha opa la aty guasu.