Conocemos a los santos canonizados, cuyos nombres figuran en el Misal y de quienes sabemos los datos básicos de su vida y de sus obras. Sin embargo, hay innumerables personas que están con Dios, de quienes no sabemos nada. Por ejemplo, nuestro bisabuelo o personas de otros continentes y de siglos pasados. Hoy aclamamos a todos aquellos que han sabido vencer la corrupción y caminar por las sendas del Evangelio.
La Iglesia, como Madre y Maestra, inculca el sentido de la vocación universal a la santidad: todos los que peregrinamos en este mundo debemos ser santos. No se trata de algo “opcional” ni “excepcional”, sino de la vocación fundamental de todo bautizado. Incluso, podemos decir que es un llamado para toda persona sensata que busca tratar a los demás con respeto.
Nunca olvidemos la lapidaria pregunta de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?”.
Ahora, la pelota está en nuestros pies y debemos marcar muchos goles. Para ganar el partido, merecer la faja de campeón y recibir la corona de gloria, Jesús nos enseña el camino de las bienaventuranzas.
Todos queremos ser felices, y hay caminos verdaderos que nos conducen a la felicidad. Pero también hay caminos inhumanos que desembocan en la frustración.
Con las bienaventuranzas, Jesús nos enseña a combatir las falacias del mundo y de la sociedad de consumo.
Además, nos muestra cómo funcionan los criterios de Dios, que, afortunadamente, son diferentes de los razonamientos humanos.
Las bienaventuranzas manifiestan las actitudes propias de quienes optan por el Reino de Dios, es decir, por una manera de vivir y de establecer relaciones interpersonales inspirada en el ejemplo de Jesucristo.
La primera de ellas es la más importante y, tal vez, la más difícil de comprender: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos”. Tener “alma de pobre” no tiene nada que ver con un complejo de inferioridad.
Vivir las ocho bienaventuranzas nos conduce a una profunda felicidad, porque nos hace semejantes a Jesús en su compromiso con la justicia distributiva, en la tolerancia con quienes nos resultan fastidiosos, en la pureza de corazón, en el rechazo de las indecencias, en la práctica de la misericordia y en la construcción de la paz.
Paz y bien