Cuando la muerte reemplazó a los juegos infantiles en los campos de Acosta Ñu

Esta es una historia de ficción: En la batalla de Acosta Ñu, veía cómo mis compañeros de juego eran alcanzados uno a uno por las balas enemigas. El recuerdo del amor materno, un temor inigualable y las reflexiones acerca de una guerra que ni siquiera lograba comprender invadieron mis últimos minutos.

En la batalla de Acosta Ñu, miles de niños dieron su vida para salvar a nuestra patria.
En la batalla de Acosta Ñu, miles de niños dieron su vida para salvar a nuestra patria.

La Guerra Grande parecía encontrarse en su etapa final y, a mi alrededor, observaba ropas de militares ondeando en los estrechos hombros de mis compañeros y palos de escoba que simulaban bayonetas preparadas para el doloroso juego final.

La visión más importante no se encontraba en el campo: el rostro de mamita pintaba de tristeza mis recuerdos felices. Ante nuestros pies, añoranza, sufrimiento y confusión se mezclaban con el pasto seco, transformándolo en una telaraña de terror.

Manos invisibles habían tejido sobre Acosta Ñu una red que no permitía a ninguno de nosotros escapar de su despiadado plan; así, la mañana fue avanzando y el galope de miles de caballos arañó nuestro silencioso temor infantil. Hombres altos, de piel oscura, se encontraban ante nosotros y, en sus rostros desencajados, se podía apreciar una mueca que quedaba a medio camino entre el pavor y el odio.

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“Ustedes son la esperanza del país, los recordarán como héroes”, las palabras de un general, quien había huído momentos antes de la contienda, resonaban en mi cabeza como un eco revitalizador. Si aquel señor de alto rango decía que de nosotros dependía el pueblo paraguayo, debía ser verdad; no obstante, la momentánea valentía, que despertó con el grito inicial de la batalla, se esfumó al ver a mi compañero de juegos tendido, ya sin vida, sobre el pasto.

Con su disfraz de hombre manchado de sangre, mi amigo ya no encajaba en el arquetipo de héroe que mamá me había forjado con sus historias; pensé que mi compañero se parecía más a una mosca a la cual la arácnida guerra había atrapado con su mordedura fatal. Luego fueron cayendo más amigos y desconocidos, en tanto el miedo terminaba de adueñarse de mi ser.

Agitaba mi arma en el aire para protegerme, pues no quería correr el mismo destino que los caídos; a la vez, el hecho de que algunos hombres fueran lastimados por mis manos me revolvía el estómago. ¿Qué diría mamá si me viera hiriendo a personas que, tal como yo, están acá por órdenes de un superior?, ¿el ser que, desde mis primeros años, me ha enseñado a respetar la vida, me llamaría “héroe” por provocar el último suspiro a otro?

Manchado con dolor paraguayo, brasileño y propio, me costaba cada vez más enarbolar la bayoneta, pues se me antojaba que esta batalla se prolongaría por toda la eternidad. No obstante, después de que nuestras tropas se vieran diezmadas por la masacre, el sol no aguantó más y, tiñendo el cielo de sangre, comenzó su retirada.

Ya hacia el final de la contienda, el grupo enemigo no parecía haber disminuído mucho; contrastando con los extranjeros, la mayor parte de mis compañeros se encontraba sumida en un sueño del que ya no despertaría. De pronto, la violencia cesó.

Desde el suelo, abrazado al cuerpo inmóvil de quien en vida fuera mi amigo, me encontraba sollozando en silencio. En ese momento, pude escuchar cómo la escuadra vencedora se ubicaba en filas ordenadas y recibía, sumisamente, la arenga de una enérgica voz.

Algunas madres, que habían presenciado la matanza desde los matorrales, se abalanzaban sobre los cuerpos inertes de sus hijos y sufrían la misma desgracia. Mientras, yo rogaba que mamita no aparezca, pero lo hizo y solo alcanzó a pronunciar un desgarrador “che memby”, para luego caer sobre mí.

Aunque sabía que ella ya no me oiría, dije “no salvé la patria, pero ¿todavía soy tu héroe, mamá?”. En ese momento, las llamas abrasaron mis pensamientos, la oscuridad se apoderó de mi ser y ya no sentí dolor. Un ángel más levantó vuelo en los campos desolados de Acosta Ñu.

Por Belén Cuevas (17 años)

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