Para empezar, tenemos el mal ejemplo de los políticos. Lo habitual es que ascienden a cierto cargo de importancia en el Estado y ahí protagonizan la maratón de incautar fondos fiscales para el propio bolsillo. Sin distinción de colores partidarios, presidentes, ministros, parlamentarios, jueces, gobernadores, intendentes, etc. se vuelven millonarios haciendo sucios negociados a costillas del Gobierno y traficando la influencia que los cargos les otorgan. Un manto de impunidad cubre sus fechorías.
Un camino diferente toman los buitres del contrabando en gran escala y los traficantes de drogas ilícitas. Normalmente, no son funcionarios públicos, sino personajes siniestros que, violando las leyes,compran o venden mercaderías de mucho valor sin pasar por la aduana.
Casi como compañeros de ruta, están los traficantes de estupefacientes, los que producen o gestionan el paso de drogas ilícitas, a nivel local e internacional. Los capos narcos se especializan en acumular barriles y sótanos repletos de dólares.
Otro método es generar riqueza a partir de la explotación de la fuerza laboral o el servicio sexual de personas carenciadas. Fábricas semiclandestinas hacen trabajar en condiciones de esclavitud moderna a gente muy necesitada, en tanto los burdeles despojan de dignidad a las mujeres y llenan de dinero a los proxenetas.
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Otra senda que conduce a la riqueza es actuar de prestamista para la gente pobre en problemas, sin amoldarse a los entes financieros legales. Los usureros, poco a poco, van aumentando sus bienes inmobiliarios y, con procedimientos extorsivos, también se apropian del escaso dinero de las personas legalmente desamparadas.
Claro que también hay un camino legal y legítimo para llegar a ser rico, pero esta opción demanda mucho trabajo personal, persistencia en el esfuerzo, inteligencia en la utilización de los dones individuales y aprovechamiento de las oportunidades que la vida, a veces, ofrece. Esta modalidad requiere muchos años de dedicación plena y los frutos se cosechan a largo plazo, quizás toda una vida.
No sería justo concluir este comentario sin señalar un problema estructural que no admite réplicas: millones de paraguayos no tienen posibilidad alguna de acceder al nivel de los ricos dentro de la legalidad porque, sencillamente, no tienen los requisitos básicos: una familia que los crió con afecto, una alimentación adecuada, una educación formal, atención de su salud, ciertos valores éticos fundamentales y tampoco la sociedad les abre oportunidades que conducen a la meta soñada.
Teniendo en cuenta este panorama, corresponde afirmar que la sociedad está en deuda con millones de sus habitantes porque les niega los instrumentos básicos para llevar, al menos, una vida medianamente confortable. Ser rico sigue siendo una meta al alcance de una minoría de empresarios eficientes y de un montón de sinvergüenzas violadores de la ley.