Peleas, discusiones y bromas de mal gusto forman parte del día a día en la convivencia entre los hermanos. Pareciera que los menores solo viven para poner a prueba nuestra paciencia, pues piensan que son los reyes de la casa y que se debe cumplir todo lo que ellos exigen. Si son chismosos, olvidate de caerle bien a tu mamá porque le cuentan todas tus fechorías.
El conflicto con los hermanos menores se inicia desde los primeros años de vida. Durante ese tiempo son los consentidos de toda la familia, mientras que los hijos mayores pasan a ser los nuevos niñeros, es decir, una nueva responsabilidad comienza. El reinado del mimado de la casa se impone y tiende a opacar la figura de los otros hermanos.
Cuidar al hermanito parecía tarea fácil. La situación se torna caótica cuando te das cuenta de que es un terremoto en miniatura, dispuesto a arrasar con todo a su paso, y ¿quién paga los platos rotos? Vos. Por eso, la rivalidad entre hermanos es un clásico y son muy pocos los que suelen llevarse bastante bien.
¿Por qué los hermanos son tan diferentes? Existe una respuesta psicológica a esta cuestión. Según el psicólogo austríaco Alfred Adler, discípulo de Sigmund Freud, los hermanos mayores se inclinan a la responsabilidad y tienden a comportarse de manera conservadora y autoritaria; los pequeños suelen ser más independientes, críticos y creativos, mientras que los hijos únicos se caracterizan por ser egocéntricos y sobreprotegidos.
Quizás sean muchas las diferencias que tengan los hermanos; sin embargo, el vínculo fraternal es especial. A pesar de las peleas, siempre están para apoyarse y se convierten en compañeros de la vida. Así de intensa es la relación con los hermanos; gracias a ellos, aprendemos el valor de la paciencia, el respeto y el amor desinteresado.
Los hermanos mayores tienen la difícil misión de guiar a los menores con su ejemplo. No será fácil; no obstante, los pequeños madurarán y se darán cuenta de que sus hermanos grandes fueron los modelos mediante los cuales forjaron sus vidas.
Sería de gran provecho para nosotros recordar la maravillosa respuesta de Jesús a Pedro cuando este le preguntaba cuántas veces debería perdonar a su hermano: setenta veces siete. Así que, ¡a perdonar se ha dicho!
Por Víctor Martínez (18 años)
