Algunos jóvenes que no pudieron ingresar buscan ocupar su tiempo en cursos como informática o inglés con el fin de rellenar currículum y conseguir un trabajo que ayude a solventar sus gastos. De este modo, también se preparan para enfrentar otro desafío con esperanzas de obtener un lugar en la universidad.
Existen estudiantes que se presentan al ingreso anualmente con fuerzas renovadas y optimismo para aprobar el examen que durante tanto tiempo les ha robado el buen descanso. Qué pacientes, ¿verdad? Normalmente, algunos toman el camino sencillo y procuran estudiar en una universidad privada que no exige la prueba de acceso.
Son muchísimos los postulantes a un examen de ingreso; de ellos, solo una cantidad limitada logra aprobar. Sin embargo, muy pocos salen con un título profesional en las manos y buenos modales, pues de mil, uno es el que dice: “Gracias, permiso o por favor”, después de haber estudiado tanto.
Al principio, todo parece fácil, te familiarizás con las materias, las cuales te hacen pensar que no será tan complicado el dichoso examen al que te estás por someter. Te mantenés en calma hasta que solo faltan algunas semanas para la prueba final.
El cansancio y los nervios te atormentan, pero tus pensamientos negativos se disuelven al aceptar que todo el esfuerzo entregado en el cursillo y las lecciones aprendidas son herramientas fundamentales para un buen examen. Además de esto, tenés que luchar con tus problemas familiares y laborales para que no ocupen tu mente en momentos de concentración.
En el examen final se observan dos caras: las personas con inmensa alegría festejando por haber llegado al objetivo y la inocultable tristeza de los que quedaron afuera. Unos ya tienen el camino a seguir, mientras que otros deben pensar en qué ocuparán su tiempo.
Proponerse una meta y llegar a ella es una satisfacción que nos hace sentir orgullosos de nosotros mismos, pero todos pasamos por pruebas de las que tememos no salir victoriosos. Así también, algunos estudiantes deciden enfrentar nuevamente el examen de ingreso con fe en que no volverán a sentir el sabor amargo de figurar entre los rebotados.
Por Sahori Vallejos (17 años)
