La salud sexual suele narrarse desde un guion heterosexual: pene, vagina, embarazo. Ese enfoque no solo invisibiliza prácticas y vínculos; también distorsiona riesgos reales y genera una falsa sensación de “zona segura”.
Muchas preguntas siguen quedando sin respuesta clara: ¿puede haber ITS entre mujeres?, ¿necesito Papanicolaou si no tengo relaciones con varones?, ¿qué cuidados sirven de verdad?
Mito 1: “Entre mujeres no hay infecciones de transmisión sexual”
Sí puede haber ITS (infecciones de transmisión sexual) entre mujeres: VPH, herpes, sífilis, gonorrea, clamidia, tricomoniasis y otras infecciones pueden transmitirse por contacto piel con piel, secreciones, microlesiones y juguetes sexuales compartidos.

El riesgo cambia según prácticas, presencia de lesiones, uso de barreras y número de parejas, pero no es “cero” por identidad.
La confusión nace, en parte, de campañas centradas en el preservativo externo. Cuando el mensaje preventivo no incluye otras herramientas, parece que no existe prevención posible.
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Mito 2: “Si no hay penetración, no hay riesgo”
La penetración no define el riesgo. Prácticas como el sexo oral-vulvar, el frotamiento genital o el contacto con dedos pueden transmitir ITS, especialmente las que se contagian por piel (como VPH y herpes).

Además, pequeñas grietas por depilación, sequedad o dermatitis pueden facilitar la entrada de microorganismos.
La clave no es prohibir prácticas, sino conocer el mapa real de transmisión y ajustar cuidados: higiene de manos, uñas cortas si hay contacto digital, y barreras cuando tiene sentido.
Mito 3: “No necesito Papanicolaou ni control ginecológico”
El Papanicolaou y/o el test de VPH se recomiendan según edad y guías locales, no según orientación sexual. El VPH puede adquirirse con cualquier pareja sexual, y el cáncer cervicouterino se previene detectando lesiones a tiempo.

En España y en buena parte de América Latina, los programas de tamizaje siguen siendo una de las herramientas más efectivas de prevención secundaria.
Además, el control ginecológico no es solo “cáncer”: también aborda dolor, endometriosis, infecciones recurrentes, salud del suelo pélvico, y bienestar sexual.
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Mito 4: “Las barreras son innecesarias o impracticables”
Existen estrategias concretas: campos de látex (dental dam) para sexo oral, guantes para penetración digital si hay heridas o se alterna entre vagina y ano, y preservativos para juguetes sexuales compartidos.
No se trata de usar todo siempre, sino de elegir según contexto: nuevas parejas, síntomas, brotes de herpes, o si se comparte un juguete.
El lubricante (a base de agua o silicona, compatible con látex) reduce fricción y microlesiones, y mejora el confort. La prevención también es ergonomía del placer.
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Mito 5: “El riesgo de VIH no aplica”
El VIH es menos frecuente en mujeres que tienen sexo exclusivamente con mujeres, pero “menos frecuente” no significa “imposible”.
Puede haber exposición por sangre (por ejemplo, durante menstruación o lesiones) o por redes sexuales donde también hay parejas con varones u otras prácticas.
La conversación útil no es el miedo, sino el acceso: pruebas, información y, cuando corresponda, PrEP/PEP según evaluación clínica y guías del sistema de salud.
La barrera más persistente: el silencio en la consulta
Muchas pacientes evitan describir prácticas por miedo a estigma; muchos profesionales no preguntan o preguntan mal.
Una historia clínica sexual de calidad no requiere etiquetas: requiere preguntas claras sobre prácticas, barreras, síntomas y objetivos (prevención, placer, fertilidad, dolor). Nombrar lo que se hace —sin juicio— mejora el diagnóstico y la prevención.
Reconocer riesgos reales, sostener controles preventivos y ampliar el repertorio de cuidados permite algo más ambicioso que “evitar una infección”: recuperar autonomía, información y placer con seguridad.
