9 de febrero de 2026

La idea de sumar otro perro al hogar suele nacer de una preocupación genuina: evitar que el animal “se sienta solo” o darle compañía. Pero la convivencia canina no siempre es la solución —y, en algunos casos, puede convertirse en una fuente de estrés—.

Quien convive con un perro lo ha visto alguna vez: el animal descansa plácidamente y, de repente, comienza a mover las patas como si persiguiera algo invisible. A veces gruñe, ladra en susurros o agita los bigotes. ¿Está soñando? ¿Es normal que tiemble así? La ciencia del sueño canino ofrece respuestas bastante claras.

Quien convive con perros lo sabe: a veces, al acercar la nariz a sus patas, aparece un olor inconfundible, parecido a los snacks tipo “Cheetos”, “Yes, Yes”, pororó o nachos con queso. No es una impresión aislada ni una broma de internet; tiene una explicación biológica bastante precisa y incluso un nombre informal en inglés: Frito feet (“patas a fritos”). ¿Por qué sucede?

Perros como el galgo español, el whippet o el greyhound suelen generar la misma reacción en la calle: miradas de preocupación, comentarios sobre “estar demasiado flacos” e incluso denuncias por maltrato. Sin embargo, especialistas recuerdan que, en estas razas, la extrema delgadez no siempre es sinónimo de abandono, sino de anatomía.

En muchas clínicas veterinarias, la primera consulta de un cachorro suele incluir una pregunta recurrente: “¿Conviene quitarle los espolones?”. Esos pequeños “quintos dedos”, a veces apenas visibles y otras claramente formados, dividen a criadores, tutores y especialistas. ¿Son realmente inútiles? ¿Un simple residuo evolutivo?

En la eterna discusión sobre qué perro es “más listo”, hay un grupo de razas que suele aparecer en el extremo opuesto de los rankings. No son las primeras en aprender órdenes, ni destacan por su obediencia inmediata, pero sí conquistan por su porte, su carisma y, en muchos casos, una belleza innegable. Son los perros que muchos dueños describen con indulgencia como “despistados”.