14 de febrero de 2026

Compacto, blanco con manchas, mirada vivísima. El Jack Russell Terrier cabe en brazos, pero rara vez “cabe” en una agenda tranquila. Quien lo elige pensando en un perro pequeño y fácil suele descubrir, en pocas semanas, que en realidad está conviviendo con un atleta: rápido, terco, inteligente y con un motor que parece no apagarse nunca.

Durante siglos, el dálmata acompañó a nobles, soldados y viajeros como perro de carruaje. Hoy, su silueta salpicada de manchas negras se asocia casi de forma automática con los parques de bomberos y con la cultura pop. Detrás de esa imagen hay una historia de adaptación constante a las necesidades humanas.

La imagen del perro de raza “perfecta”, con pedigree y rasgos muy definidos, es uno de los motores del negocio canino mundial. Pero detrás de muchos de esos estándares se esconde un peaje alto: la concentración de enfermedades hereditarias que merman la calidad y la expectativa de vida de millones de animales.

En muchas casas hay un perro que gruñe cuando lo mueven del sofá, protesta si le tocan el plato o ladra a cualquiera que se acerca. A menudo se dice “es malo” o “no tiene cariño”, pero la mayoría de las veces se trata de otra cosa: carácter, genética y educación.

En cada ola de calor, las redes se llenan de advertencias para “no sacar al perro a las horas centrales del día”. Pero para ciertos animales, el riesgo no se limita al paseo ni al sol directo. En razas braquicéfalas —como Bulldogs, Pugs o Boston Terriers— el simple hecho de permanecer en un piso caluroso, un coche mal ventilado o una habitación sin refrigeración puede convertirse en una emergencia médica en cuestión de minutos.