Python: el lenguaje de programación que nació de un hobby y hoy controla la ciencia

Python.
Python.Shutterstock

Durante las últimas dos décadas, una palabra de seis letras se ha infiltrado en universidades, laboratorios, startups, gigantes tecnológicos y hasta en oficinas de estadística de gobiernos: Python. Lo utilizan físicos que buscan nuevas partículas, bancos que detectan fraudes, medios que analizan desinformación y estudiantes que escriben sus primeras líneas de código.

Lo más sorprendente es su origen: Python nació a finales de los años 80 como el proyecto de un solo desarrollador, Guido van Rossum, que buscaba entretenerse durante las vacaciones de Navidad. Hoy, ese pasatiempo se ha convertido en uno de los lenguajes de programación más influyentes del planeta.

De pasatiempo navideño a fenómeno global

Guido van Rossum trabajaba en el Centro para las Matemáticas y la Informática (CWI) en los Países Bajos cuando empezó a diseñar un nuevo lenguaje.

Python.
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Venía de usar ABC, un lenguaje didáctico con ideas interesantes pero poco adoptado fuera del ámbito académico. Van Rossum quería conservar lo bueno de ABC —claridad y sencillez—, pero con una filosofía más pragmática y extensible.

La primera versión pública de Python apareció en 1991. No fue un éxito inmediato.

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Durante años convivió discretamente con otros lenguajes dominantes como C, C++ o Java. Pero tenía algo diferente: estaba pensado para que el código fuera legible casi como texto en inglés, y para reducir al mínimo el “ruido” sintáctico que abruma a los principiantes.

A partir de los 2000, con el auge de internet y del software libre, Python se fue consolidando en nichos muy concretos: automatización de sistemas, pequeños servidores web, herramientas internas.

El giro definitivo llegó con la explosión de la ciencia de datos y el aprendizaje automático en la década de 2010. De repente, el lenguaje que muchos usaban “para scripts” se convirtió en el standard de facto de la nueva revolución de la inteligencia artificial.

Un nombre tomado del humor

Contrario a lo que podría pensar cualquiera que vea una serpiente en el logo, Python no debe su nombre al animal, sino al grupo británico de comedia surrealista Monty Python.

Python.
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Van Rossum, fan confeso de sus sketches, buscaba un nombre corto, peculiar y fácil de recordar. El homenaje cuajó tan bien que hoy “Python” remite más al lenguaje que a los comediantes o al reptil.

La sencillez como arma secreta

Si hay que señalar una razón central del dominio de Python, suele resumirse en una palabra: sencillez.

A diferencia de lenguajes que exigen al principiante lidiar desde el primer día con tipos complejos, llaves, paréntesis y detalles de memoria, Python apuesta por una sintaxis limpia y legible.

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La indentación —la sangría de los bloques— no es una mera cuestión estética: es parte de la gramática del lenguaje. Eso obliga a escribir código ordenado y, al mismo tiempo, lo hace más fácil de leer.

Esta legibilidad no solo ayuda a los novatos. Equipos completos pueden entender y mantener programas escritos por otros sin que el código se convierta en un jeroglífico. En un contexto donde los proyectos sobreviven durante años y cambian de manos varias veces, ese factor es crucial.

Además, Python incluye en su biblioteca estándar herramientas para tareas comunes —manejo de archivos, redes, formatos de datos, fechas— sin necesidad de instalar nada adicional. Eso lo hace especialmente útil para “pegar” sistemas distintos: conectar bases de datos, APIs, scripts de análisis o servicios web.

Un idioma común para la ciencia de datos

La expansión de Python sería difícil de explicar sin la revolución de la ciencia de datos y la inteligencia artificial.

Antes, estadísticas y análisis numéricos se realizaban sobre todo en R, MATLAB o lenguajes especializados. Con la irrupción de bibliotecas clave, Python se transformó en un puente entre esos mundos.

Librerías como NumPy y SciPy dieron a los científicos herramientas eficientes para trabajar con matrices y algoritmos numéricos, pandas convirtió a Python en una especie de “Excel programable” capaz de manipular grandes volúmenes de datos tabulares, Matplotlib y otras bibliotecas de visualización facilitaron la creación de gráficos y figuras para artículos académicos.

El cambio definitivo llegó con el boom del aprendizaje profundo. Tanto TensorFlow como PyTorch, dos de los marcos de referencia de la inteligencia artificial moderna, ofrecen en Python sus interfaces más utilizadas. Esa capa de alto nivel, sencilla de escribir, se apoya internamente en código altamente optimizado en C, C++ o CUDA, pero el usuario rara vez tiene que verlo.

A todo esto se suman herramientas como Jupyter Notebook, que permiten mezclar código, texto y gráficos en un mismo documento interactivo. Esa mezcla ha redefinido la forma de hacer y compartir ciencia computacional: desde experimentos reproducibles hasta clases universitarias o informes ejecutivos.

El resultado es que Python se ha convertido en la “lengua franca” entre perfiles muy distintos: estadísticos, ingenieros de software, físicos, biólogos computacionales, analistas de negocio y especialistas en machine learning.

Educación: la puerta de entrada al código

Otro de los frentes donde Python ha ganado terreno es la educación. Universidades de todo el mundo lo han adoptado como el primer lenguaje en cursos de introducción a la programación. La razón, de nuevo, es su suavidad de entrada: permite mostrar conceptos fundamentales —variables, bucles, funciones, estructuras de datos— sin perder a los estudiantes en detalles técnicos.

No se limita al nivel universitario. Iniciativas de enseñanza en secundaria e incluso en primaria lo utilizan en talleres de robótica, juegos y proyectos creativos. Su integración con placas como Raspberry Pi ha permitido llevar proyectos de programación y electrónica a aulas con pocos recursos.

Esa presencia temprana genera un efecto a largo plazo: quienes entran en el mundo profesional ya llevan años usando Python, y es natural que lo sigan eligiendo para resolver problemas reales. La curva de aprendizaje más plana se convierte, con el tiempo, en una curva de adopción masiva.

La fuerza del ecosistema y la comunidad

Detrás del dominio de Python no hay una gran empresa única que lo controle, sino una comunidad global y una fundación sin ánimo de lucro, la Python Software Foundation, que vela por su desarrollo.

Esa comunidad produce una cantidad enorme de bibliotecas y frameworks que extienden el lenguaje prácticamente a cualquier dominio: desde análisis de imágenes médicas hasta bots de redes sociales, pasando por videojuegos, automatización de oficinas o herramientas de ciberseguridad.

El repositorio central de paquetes, PyPI, aloja cientos de miles de proyectos. Para un desarrollador, eso se traduce en una ventaja inmediata: es muy probable que alguien ya haya resuelto un problema similar y haya publicado una biblioteca que puede reutilizarse. En vez de reinventar la rueda, se ensamblan soluciones existentes.

Las conferencias —como PyCon y sus versiones regionales—, los grupos locales (los llamados “meetups”) y foros en línea refuerzan ese tejido social. Ahí se comparten buenas prácticas, se discuten nuevas características del lenguaje y se incorporan voces diversas al proceso de diseño.

Aunque empresas como Google, Meta, Microsoft o Amazon invierten fuertemente en herramientas escritas en o para Python, el control sobre el lenguaje no recae en una sola corporación. Esa relativa independencia contribuye a su estabilidad y a la confianza a largo plazo.

Más allá de la ciencia: de la web a la automatización

Aunque la ciencia de datos y la IA han sido el altavoz de Python, su implantación va mucho más allá de los laboratorios.

En el desarrollo web, frameworks como Django y Flask han servido de base para sitios y servicios de alto tráfico. Django, en particular, se hizo popular por su filosofía de “baterías incluidas”: incluye de serie gestión de usuarios, panel de administración, seguridad básica y abstracciones para bases de datos.

En el mundo de la automatización, Python se ha convertido en el “cuchillo suizo” de administradores de sistemas y equipos de DevOps. Permite escribir rápidamente scripts para supervisar servidores, desplegar aplicaciones, procesar logs o conectar servicios en la nube.

En el escritorio, numerosos programas —científicos, financieros, de diseño— incluyen Python como lenguaje de extensión, permitiendo que los usuarios avanzados personalicen y automaticen tareas sin necesidad de compilar nada.

Ese carácter ubicuo hace que muchas personas usen Python sin saberlo: aplicaciones que ejecutan scripts internos, servicios en la nube que lanzan tareas en segundo plano, herramientas de análisis incrustadas en productos comerciales.

No todo es perfecto: rendimiento y fragmentación

El dominio de Python no está exento de límites y críticas. Técnicamente, una de las objeciones más recurrentes es su rendimiento: comparado con lenguajes compilados como C++ o Rust, el Python estándar suele ser más lento y consume más recursos.

La industria ha respondido con varias estrategias. En muchos proyectos, Python actúa como “capa de orquestación” que llama a componentes de alto rendimiento escritos en otros lenguajes. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, con las bibliotecas numéricas: la parte crítica se ejecuta en C o Fortran, mientras el usuario escribe en Python.

Han surgido también implementaciones alternativas y proyectos para acelerar el lenguaje, así como herramientas de compilación parcial o just-in-time. No generan un único estándar, pero muestran la presión por reconciliar la sencillez de Python con las exigencias de velocidad de ciertas aplicaciones.

Otro frente delicado es la fragmentación de versiones. La transición de Python 2 a Python 3, culminada oficialmente en 2020, dejó una década de coexistencia y dolores de cabeza a desarrolladores que mantenían código antiguo. Aunque hoy el ecosistema está firmemente centrado en Python 3, la experiencia dejó una lección sobre los costes de cambios incompatibles.

¿Hasta cuándo durará el reinado de Python?

La historia de la informática está llena de lenguajes que fueron dominantes y luego cedieron terreno: Fortran, COBOL, Pascal, Visual Basic, Java en ciertos nichos.

Python no es inmune a esa dinámica. Lenguajes como JavaScript, TypeScript, Go o Rust compiten cada vez más en ámbitos donde antes la elección de Python parecía natural.

Sin embargo, Python parte con una ventaja difícil de replicar a corto plazo: una base enorme de usuarios, un ecosistema maduro y un lugar estratégico en la intersección entre ciencia, industria y educación.