Fortran: cuando programar era hacer ciencia
En 1957, Fortran (FORmula TRANslation) dio el primer gran salto: permitió que científicos e ingenieros abandonaran el lenguaje de máquina y escribieran fórmulas casi como en papel. Nacía la idea de que el compilador podía encargarse de “traducir” a instrucciones binarias optimizadas.

Aquello definió un patrón: cada nuevo lenguaje intentaría acercar el pensamiento humano a la lógica de la computadora, escondiendo parte de la complejidad anterior sin perder eficiencia.

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De COBOL a C: el software se vuelve infraestructura
En los años 60 y 70, COBOL dominó la informática empresarial, mientras C –nacido junto a Unix– se convirtió en el metalenguaje de los sistemas operativos y de buena parte del software de infraestructura. Con C se consolidó una noción clave: el programador controla la memoria y el hardware casi al detalle.

El éxito de C marcó otro hito: el nacimiento de familias de lenguajes. De él derivaron C++, Objective-C y, más tarde, influencias notorias en Java, C# y muchos otros.
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La revolución orientada a objetos
Con Smalltalk y, sobre todo, C++ y Java, los años 80 y 90 abrazaron la programación orientada a objetos. El concepto de “clase” y “objeto” prometía modelar el mundo real en código y hacer manejables proyectos cada vez más grandes.
En paralelo, se consolidaron prácticas que hoy parecen obvias: bibliotecas estándar amplias, máquinas virtuales, recolectores de basura y un creciente énfasis en la portabilidad. “Escribe una vez, ejecuta en cualquier parte”, proclamaba el lema de Java, anticipando una era de software ubicuo.
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Internet y el auge de los lenguajes dinámicos
La web cambió el tablero. JavaScript, nacido como un complemento “menor” del navegador, terminó convertido en el motor de aplicaciones web masivas. PHP, Perl y luego Ruby facilitaron construir sitios dinámicos a gran velocidad.

La prioridad ya no era solo la eficiencia, sino la rapidez de desarrollo y la flexibilidad. Aparecieron lenguajes dinámicos y multiparadigma, capaces de combinar estilos funcionales, orientados a objetos y procedimentales. En ese caldo de cultivo, Python encontró su lugar.
Python, el nuevo esperanto del código
Creado a comienzos de los 90, Python tardó en explotar. Lo hizo con fuerza en la última década, impulsado por tres factores: la cultura de código abierto, la explosión de la ciencia de datos y el auge del aprendizaje automático.

Su sintaxis legible, su ecosistema de librerías y su facilidad para integrar módulos en C lo convirtieron en el “idioma puente” entre investigadores, ingenieros y perfiles no tradicionales que necesitaban programar sin convertirse en especialistas de bajo nivel.
Hoy, Python es estándar de facto en inteligencia artificial, automatización y educación. No es el lenguaje más rápido, pero sí uno de los más expresivos y accesibles, un rasgo que resume bien la tendencia histórica: sacrificar complejidad a cambio de productividad.
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Hacia lenguajes híbridos con IA
El siguiente giro ya asoma: sistemas en los que parte del código lo escribe una IA, y parte el humano. Herramientas capaces de generar funciones a partir de descripciones en lenguaje natural, proponer correcciones o traducir proyectos enteros entre lenguajes distintos están cambiando la práctica diaria del desarrollo.
Más allá de los asistentes de código, empiezan a perfilarse lenguajes y plataformas “híbridas” donde:
- El código tradicional convive con bloques generados y mantenidos por modelos de IA.
- Las especificaciones escritas en lenguaje natural se tratan como una capa más del programa, casi como un pseudocódigo ejecutable.
- La frontera entre diseño, documentación e implementación se difumina: todo se vuelve material de entrenamiento para la propia herramienta.
En este escenario, podrían surgir lenguajes pensados desde el inicio para ser coescritos con IA: sintaxis diseñadas para ser fáciles de predecir por modelos, sistemas de tipos que validen automáticamente lo que la IA propone, e incluso entornos donde el “lenguaje de programación” sea, en gran parte, el propio lenguaje humano.
Del código como destino al código como conversación
De Fortran a Python, los hitos del software han ido subiendo el nivel de abstracción y bajando la barrera de entrada. La próxima etapa podría no consistir tanto en inventar un nuevo lenguaje, sino en aceptar que ya no se programa en soledad: se conversa con máquinas que también “escriben”.
Si el siglo XX fue el de aprender a hablar con computadoras, el XXI podría ser el de con ellas lo que, al final, terminará escrito en código. Python quizá no sea el último gran idioma del software, pero sí el puente hacia esa nueva forma de programar en compañía de la inteligencia artificial.
