Esta es una ruta por seis playas poco mediáticas del Pacífico peruano —repartidas entre Tumbes y Arequipa— que resumen la diversidad de un litoral complejo.
1. Zorritos (Tumbes): el Pacífico tibio todo el año
A menos de una hora en ruta desde Tumbes, Zorritos ofrece algo que incluso Máncora no puede garantizar todo el año: mar cálido prácticamente permanente.

La corriente cálida ecuatorial se hace sentir desde la primera zambullida, y la playa, ancha y de oleaje moderado, se presta tanto para nadar como para largas caminatas al atardecer.
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En lugar de grandes discotecas y bares pegados a la arena, se impone una línea de pequeñas hosterías, búngalos y hospedajes familiares que se abren directamente al mar.
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La vida sigue girando en torno a la pesca artesanal: lanchas de colores varadas en la orilla, redes extendidas a secar, pájaros peleando por los descartes del día.
Un rasgo particular de la zona son los pozos termales conocidos como “Los Hervideros”, a unos kilómetros tierra adentro. No son un spa de diseño, sino pozas rústicas rodeadas de vegetación, donde el agua caliente brota directamente del subsuelo.
El contraste entre un baño termal y un chapuzón inmediato en el Pacífico a pocos minutos en mototaxi es una experiencia improbable que difícilmente asociamos con la costa peruana.
2. El Ñuro (Piura): tortugas marinas y calma de caleta
A poco más de una hora al sur de Máncora, El Ñuro podría haber seguido la ruta de otros balnearios norteños: desarrollo inmobiliario acelerado, discotecas, restaurantes uno detrás de otro.

Sin embargo, se ha mantenido como un pueblo de pescadores con una playa que se abre frente al muelle, donde el mar suele ser más sereno que en sus vecinas.
El gran atractivo, y lo que lo ha puesto en el radar de viajeros curiosos, son las tortugas marinas que merodean la zona.

Acostumbradas durante años a alimentarse de los descartes de los pescadores, se han convertido en una presencia casi cotidiana alrededor del muelle.
Hoy existen iniciativas locales que ofrecen la posibilidad de observarlas de cerca e incluso nadar con ellas, bajo ciertas reglas para reducir el estrés sobre los animales.
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Más allá de esta postal, El Ñuro mantiene una atmósfera que se siente detenida en el tiempo: casas bajas, niños jugando fútbol frente al mar, pescadores remendando redes a la sombra de los botes.
3. Tuquillo (Huarmey, Áncash): la “piscina del Pacífico” que casi nadie nombra
A seis horas por ruta al norte de Lima, el distrito de Huarmey guarda una de las playas más fotogénicas de la costa central: Tuquillo.

En un litoral dominado por acantilados y aguas frías y agitadas, esta bahía aparece como un paréntesis improbable: arena clara, agua relativamente más templada en verano y un mar que, protegido por formaciones rocosas, se vuelve una suerte de piscina natural.
Tuquillo no es un balneario masivo ni un balneario privado. Es, más bien, un conjunto de pequeñas ensenadas donde familias locales acampan, cocinan pescado fresco al carbón y extienden carpas casi a la orilla del agua.
No hay edificios altos, y la vida nocturna se reduce al sonido del mar y a las fogatas improvisadas.
Muy cerca, otras caletas como Maracaná o Antivito replican la misma dinámica de bahías tranquilas separadas por formaciones rocosas. Para quien piensa que la costa central de Perú se limita a playas grises y ventosas, Tuquillo funciona como una suerte de desmentida en formato de postal.
4. La Mina (Paracas, Ica): una ensenada turquesa en pleno desierto
Paracas sí figura en el mapa turístico, sobre todo por las islas Ballestas y la Reserva Nacional que protege su biodiversidad marina y desértica. Sin embargo, dentro de esa extensa área natural se esconde una playa que, pese a su belleza, no concentra la misma atención que el circuito tradicional: La Mina.

Ubicada a unos 40 minutos en vehículo desde la ciudad de Paracas, La Mina es una pequeña bahía de aguas inusualmente turquesas para este tramo del Pacífico, rodeada de acantilados ocres y arena clara.
Su forma semicerrada la protege del oleaje más intenso, lo que la convierte en uno de los pocos puntos de la reserva donde es posible nadar con relativa comodidad.

El entorno es agreste y, en temporada baja, casi desértico en el sentido más literal: cielo inmenso, viento cortante y una sensación de estar muy lejos de cualquier núcleo urbano pese a estar todavía en la costa más transitada del país.
Aquí el atractivo no es solo el baño de mar, sino también la convivencia con un paisaje donde desierto y océano se encuentran de forma abrupta.
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La presencia de lobos marinos y aves guaneras en los alrededores recuerda al visitante que se encuentra en un área protegida. Eso implica reglas claras: no dejar residuos, no alimentar animales y respetar las zonas señalizadas.
5. Mejía (Arequipa): arena oscura y un santuario de aves
Al sur de Mollendo, en la región Arequipa, la playa Mejía rompe con casi todos los clichés del balneario playero peruano. Aquí la arena tiende al gris oscuro, el mar es más frío y bravo, y el paisaje está marcado por el contraste entre la línea de costa y un sistema de humedales que ha merecido protección oficial.

El Santuario Nacional Lagunas de Mejía es un humedal costero que recibe cada año a decenas de especies de aves migratorias, procedentes tanto del hemisferio norte como de la Patagonia.
Flamencos, garzas, chorlitos y playeros comparten espacio con especies residentes, convirtiendo la visita en un pequeño safari ornitológico para quien se anime a recorrer sus senderos con paciencia y binoculares.
La playa propiamente dicha, larga y ventosa, se presta para caminatas solitarias y pesca de orilla más que para el baño recreativo.
A diferencia del norte, aquí la temporada alta es breve y muy local, concentrada en los meses de verano. El resto del año, Mejía mantiene una calma casi total, acompañada por un mar de tonos metálicos y la presencia constante de aves sobrevolando la línea de costa.
6. Caleta San José (Arequipa): aislamiento buscado en el extremo sur
Mucho más difícil de alcanzar que cualquiera de los destinos anteriores, Caleta San José es uno de esos nombres que se transmiten casi en susurros entre viajeros experimentados.
Situada entre Camaná y Quilca, en la región Arequipa, no cuenta con acceso directo por ruta: se llega en bote desde Quilca o tras una larga caminata por la costa.

Ese aislamiento explica buena parte de su encanto. La caleta es una pequeña ensenada rodeada de cerros áridos, con arena clara y un mar que, aunque frío, suele presentarse más dócil que en otras partes del sur peruano.
No hay edificios en altura ni avenidas: apenas algunas construcciones de hospedaje rústico y la infraestructura mínima para albergar a un puñado de visitantes.
La noche, lejos de la contaminación lumínica urbana, ofrece un cielo estrellado difícil de encontrar en otras playas del país. La sensación general es la de estar en un refugio remoto, donde la agenda se reduce a nadar, leer, caminar por las rocas y, con algo de suerte, avistar delfines o aves marinas en la línea del horizonte.
Más allá de Máncora: un litoral que exige otra forma de viajar
Las seis playas anteriores tienen poco en común en términos de paisaje: van desde las aguas cálidas y verdes del extremo norte hasta las arenas oscuras y frías del sur, pasando por bahías protegidas dentro de áreas naturales. Lo que sí comparten es su distancia, simbólica y práctica, del modelo de balneario masivo asociado desde hace años con Máncora.
Explorarlas supone también otro tipo de viaje: menos centrado en la vida nocturna, más atento a los ritmos locales; menos orientado al “todo incluido”, más dispuesto a convivir con servicios básicos, rutas de acceso en regular estado y una oferta gastronómica y hotelera todavía en desarrollo.
