Courchevel está en el corazón de los Alpes franceses, en el departamento de Saboya, al sureste de Francia. Forma parte del gigantesco dominio esquiable de Les 3 Vallées, uno de los más extensos del mundo, enlazado con Méribel, Val Thorens y otros pueblos de montaña a través de una red de remontes y pistas que parecen no terminar nunca.

St. Moritz, en cambio, se encuentra en la Alta Engadina, en el cantón de los Grisones, al este de Suiza. Es un valle amplio y luminoso, rodeado de cumbres que superan los 3.000 metros y una cadena de lagos que se congelan en invierno y se transforman en escenario de algunos de los eventos más emblemáticos del calendario alpino.
Llegar a Courchevel suele implicar volar a Ginebra, Lyon o Chambéry y continuar por ruta, en auto o transfer, ascendiendo por curvas panorámicas hasta las distintas altitudes de la estación (de Courchevel 1300 a Courchevel 1850).

St. Moritz se alcanza con facilidad desde Zúrich o Milán: tren panorámico hasta Chur y luego un tramo final que se abre paso entre montañas, o bien por ruta, cruzando puertos alpinos que, en invierno, se sienten como un preámbulo del viaje.
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Courchevel: terrazas soleadas y vida a pie de pista
Quienes se preguntan qué hacer en Courchevel descubren enseguida que la respuesta va mucho más allá del esquí. El pueblo se despliega en distintos niveles de altura, cada uno con su carácter, pero es Courchevel 1850 el que concentra la mayor densidad de hoteles de lujo, chalets con servicio a medida y boutiques de alta costura.

Durante el día, la escena se construye entre bajadas amplias y muy bien pisadas, perfectas tanto para esquiadores expertos como para quienes se inician. Las pistas que descienden hacia La Loze o Saulire ofrecen vistas directas sobre el macizo del Mont Blanc en los días despejados, uno de esos panoramas que explican por qué visitar Courchevel en pleno invierno resulta tan magnético.

Al caer la tarde, las terrazas a pie de pista se llenan de música suave, mantas de lana y copas que acompañan la puesta de sol. Hay restaurantes de montaña accesibles con esquí y también a pie o en telecabina, lo que permite disfrutar del paisaje incluso a quienes no practican deportes de nieve.

Entre los imperdibles de Courchevel destacan el lago helado de Rosière, enmarcado por bosques; el family park con módulos suaves para quien quiera probar saltos sin demasiada adrenalina, y el paseo por el centro de Courchevel 1850, con su mezcla de arquitectura alpina contemporánea, galerías de arte y relojerías suizas en pleno territorio francés.
St. Moritz: lagos helados y espíritu de “winter resort” clásico
Cuna del turismo de invierno moderno, St. Moritz combina la elegancia suiza con un entorno natural que parece diseñado para postales.

Quienes buscan dónde queda exactamente este enclave descubren que está situado a unos 1.800 metros de altura, en una meseta amplia y luminosa, con un clima seco y soleado que le ha valido fama de “champagne climate”: aire nítido, frío intenso y un cielo que suele mantenerse despejado gran parte de la temporada.
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Las pistas de Corviglia, el dominio principal, se despliegan directamente sobre el pueblo, con descensos que ofrecen vistas permanentes del lago de St. Moritz y de los picos vecinos.

Más al fondo del valle, Diavolezza y Corvatsch aportan un relieve más salvaje y glaciares que seducen a esquiadores avanzados y amantes de las panorámicas amplias.
El lago helado es, en sí mismo, un escenario. En enero y febrero se instala allí el famoso torneo de polo sobre nieve, las carreras de caballos White Turf, eventos de cricket y otros encuentros que convierten la superficie blanca en una especie de salón al aire libre.

Pasear por el hielo, seguir el trazado de las huellas o simplemente observar cómo el pueblo gira alrededor de este espacio es una de las experiencias más distintivas de un viaje a St. Moritz.

En el casco histórico, las casas engadinas con fachadas decoradas, las galerías de arte contemporáneo y las pastelerías tradicionales que sirven la Engadiner Nusstorte (tarta de nueces típica de la región) invitan a combinar jornadas en las pistas con recorridos a un ritmo más pausado.
Nieve, deporte y bienestar: dos maneras de vivir la montaña
Quienes se plantean qué hacer en Courchevel o St. Moritz más allá del esquí encuentran en ambos destinos una oferta amplia que convierte el invierno en mucho más que deporte.

En Courchevel, las caminatas con raquetas de nieve por los bosques de Saboya, los descensos en trineo iluminados al anochecer y las actividades para familias reciben un lugar destacado.
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Existen circuitos señalizados para senderismo invernal y rutas accesibles que se internan en el paisaje alpino sin necesidad de calzarse esquís. Muchos hoteles y centros de bienestar incorporan spas con vistas a las montañas, piscinas climatizadas y tratamientos inspirados en la naturaleza alpina.
En St. Moritz, el abanico se amplía con patinaje sobre hielo, curling recreativo, paseos en trineos tirados por caballos alrededor del lago y largas caminatas por los senderos preparados que recorren el valle de la Engadina.

Las rutas de esquí de fondo son una seña de identidad del destino: kilómetros y kilómetros de pistas perfectamente trazadas atraviesan bosques y llanuras nevadas, una opción apreciada por quienes buscan combinar ejercicio y silencio de montaña.

Ambos enclaves incorporan, además, propuestas de bienestar de alto nivel: desde circuitos de aguas termales y saunas panorámicas hasta gimnasios con entrenamiento específico para deportes de nieve.
El invierno se vive tanto en la acción al aire libre como en el regreso pausado al calor interior.
Alta gastronomía y vida social en la nieve
Uno de los motivos por los que muchos viajeros eligen visitar Courchevel o St. Moritz es su escena gastronómica. Más que simples estaciones de esquí, funcionan como verdaderos destinos culinarios de altura.

En Courchevel, la cocina saboyana tradicional —fondue, raclette, tartiflette— convive con restaurantes de autor que reinterpretan los productos de montaña con técnicas contemporáneas.

Entre los refugios de altura y los comedores con mantel blanco a pie de pista, resulta fácil encadenar mañanas de esquí con largos almuerzos al sol. Por la noche, los bares de hotel, lounges con chimenea y restaurantes de diseño marcan el ritmo social: encuentros distendidos, música suave y una atmósfera cosmopolita.
En St. Moritz, la herencia culinaria es una mezcla de influencias suizas, italianas y austrohúngaras. Platos de caza en temporada, especialidades de la Engadina y pastas de inspiración italiana conviven en cartas que suelen incluir también propuestas de alta cocina internacional.

El café en una terraza del pueblo, con vistas al lago y a los picos nevados, es casi un ritual diario durante la estadía.
La vida social adquiere un aire particular durante los grandes eventos: en St. Moritz, el polo sobre nieve y las carreras de caballos convierten el invierno en una sucesión de jornadas en las que el deporte es también un punto de encuentro; en Courchevel, los festivales de fuegos artificiales, las exhibiciones de esquí nocturno y las citas musicales en altura animan la agenda semanal.
Cuándo viajar y qué tener en cuenta para planificar
La pregunta sobre cuándo ir a Courchevel o St. Moritz tiene una respuesta similar: la temporada alta de invierno se concentra entre mediados de diciembre y finales de marzo, con picos de ocupación en Navidad, Año Nuevo y vacaciones de febrero en Europa.

En Courchevel, enero y principios de marzo suelen ofrecer una combinación interesante de buena nieve y días soleados. El clima es típicamente alpino: temperaturas bajo cero, nevadas frecuentes en plena temporada y grandes variaciones según la altitud.
La extensa red de pistas de Les 3 Vallées permite adaptarse a casi cualquier condición, buscando orientaciones más soleadas o resguardadas.
St. Moritz se beneficia de un clima seco y luminoso. El frío puede ser intenso, pero la sensación se atenúa con el sol casi permanente que domina buena parte del invierno. La temporada de eventos sobre el lago helado se concentra entre finales de enero y febrero, un periodo especialmente atractivo para quien desee vivir la atmósfera social del destino en su máximo esplendor.
Para ambos enclaves conviene reservar con antelación, especialmente si se buscan alojamientos a pie de pista o con vistas privilegiadas.
Trenes panorámicos, traslados privados, escuelas de esquí multilingües y servicios específicos para familias forman parte natural de la infraestructura de ambos destinos y facilitan la organización previa del viaje.
