Redescubrí a tu pareja: cuatro destinos de Sudamérica para salir de la rutina y volver a conectarse

Pareja en Maras, Perú.
Pareja en Maras, Perú.Rommel Gonzalez

En tiempos de agendas llenas, pantallas encendidas y conversaciones apuradas, viajar en pareja por el Día de los Enamorados dejó de ser “un premio” para convertirse en una herramienta: cambiar de escenario puede cambiar, también, la manera de mirarse. ¿Qué tal un viaje exprés sin salir de Sudamérica?

Sudamérica ofrece experiencias que obligan a bajar el ritmo, negociar decisiones simples (¿caminamos o descansamos?) y reencontrarse en lo esencial: el humor, la paciencia, la curiosidad y la complicidad. Te mostramos cuatro destinos perfectos para San Valentín, en los que el paisaje y la logística empujan —casi sin pedir permiso— a salir de la rutina y volver a conocerse en pareja.

1) Valle Sagrado (Perú): altura, silencio y rituales cotidianos

A pocos kilómetros de Cusco, el Valle Sagrado combina pueblos andinos, mercados, terrazas agrícolas y caminatas que se sienten como una conversación larga.

Ollantaytambo, Perú.
Ollantaytambo, Perú.

La altura exige pausa y cuidado mutuo: hidratarse, ir despacio, escuchar el cuerpo. Entre Ollantaytambo, Pisac y las rutas hacia Maras y Moray, la experiencia se arma con pequeñas decisiones compartidas.

Atención: la aclimatación no es un detalle; conviene dormir una o dos noches en Cusco o el valle antes de exigir el cuerpo.

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2) Desierto de Atacama (Chile): el pacto de desconectarse

San Pedro de Atacama se volvió un clásico por sus paisajes “de otro planeta”, pero su verdadero valor para una pareja está en la desconexión: cielos nítidos, silencio real y excursiones que empiezan temprano.

Mujer tomando un baño en las aguas termales de los Géiseres del Tatio, en el desierto de Atacama, Chile.
Mujer tomando un baño en las aguas termales de los Géiseres del Tatio, en el desierto de Atacama, Chile.

Géiseres al amanecer, lagunas altiplánicas, salares y observación astronómica obligan a coordinarse y a sostenerse cuando el cansancio aparece.

La amplitud térmica y la altitud ponen reglas claras: menos improvisación, más cuidado.

3) Cabo Polonio (Uruguay): cuando el tiempo deja de mandar

Sin rutas asfaltadas hasta la puerta y con acceso en vehículos autorizados por la arena, Cabo Polonio impone su propia lógica.

Cabo Polonio, Uruguay.
Cabo Polonio, Uruguay.

Allí, la falta de luces fuertes y el ritmo lento —caminatas, faro, lobos marinos, sobremesas— crea un espacio donde la conversación reaparece. Es un destino para practicar lo que muchas parejas declaran querer y pocas ejecutan: no hacer tanto.

Atención: servicios limitados; conviene planificar efectivo, abrigo nocturno y expectativas realistas.

4) Camino de los Siete Lagos (Argentina): la intimidad del viaje en ruta

Entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, la Ruta 40 ofrece lagos, miradores y senderos que convierten el trayecto en experiencia.

Ruta de los Siete Lagos, Argentina.
Ruta de los Siete Lagos, Argentina.

La ruta es, aquí, una prueba dulce: elegir paradas, armar mate o picnic, discutir música sin pelearse, manejar turnándose.

Clave: no sobrecargar el itinerario; dejar margen para el lago que no estaba en el plan.

Viajar para reencontrarse, no para “cumplir”

Estos destinos tienen algo en común: obligan a estar presentes. A veces por el silencio, a veces por la altura, a veces por la falta de señal o por la necesidad de decidir juntos.

En todos, el viaje funciona como espejo: muestra cómo se negocia, cómo se cuida y cómo se celebra. Y si la rutina había anestesiado la mirada, el cambio de paisaje puede hacer lo más difícil y lo más simple: volver a ver al otro.