En plena era del Saturno V, la mañana del 16 de abril de 1972 quedó marcada por una escena que se repitió hace no mucho con Artemis II: el despegue de Apolo 16 desde el Centro Espacial Kennedy (LC-39A), con destino a la Luna, pero a diferencia de la misión de 2026, Apolo 16 sí alunizó.
A bordo viajaban John W. Young (comandante), Charles M. Duke (piloto del módulo lunar) y Thomas K. Mattingly II (piloto del módulo de mando), en una misión diseñada para responder una pregunta geológica concreta: qué contaban las rocas más antiguas de la Luna sobre el origen del satélite y su historia temprana.
La intención era ambiciosa y específica. A diferencia de alunizajes previos centrados en los mares basálticos, Apolo 16 apuntó a las tierras altas: un terreno más accidentado y antiguo.
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El objetivo principal era la zona de Descartes, elegida porque se pensaba que podía contener material de origen volcánico primitivo. La misión permitiría comprobar —con muestras, instrumentos y observación directa— si esa hipótesis resistía el contraste con la evidencia.
El viaje no estuvo exento de tensión técnica. Ya en órbita lunar, un comportamiento anómalo en un sistema de control llevó a retrasar el descenso mientras los equipos en Tierra analizaban datos para asegurar que el alunizaje era seguro. La demora, lejos de ser un detalle menor, mostró el delicado equilibrio entre ingeniería, cálculo y riesgo en un programa que operaba al límite de lo posible.
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Un alunizaje como hito
Cuando finalmente alunizaron el 21 de abril, la misión se convirtió en un hito científico: los astronautas desplegaron experimentos de superficie, recorrieron el área con el vehículo lunar y recolectaron casi 96 kilos de rocas y suelo.

El resultado fue doble. Por un lado, Apolo 16 reforzó la idea de que las tierras altas están dominadas por rocas formadas por impactos y procesos de la corteza temprana, más que por volcanismo superficial extendido en esa región. Por otro, dejó un archivo físico —muestras y mediciones— que sigue alimentando investigaciones sobre edad de la Luna, bombardeo meteórico y evolución del sistema Tierra-Luna.
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La jornada del 16 de abril de 1972 abrió la puerta a una de las preguntas más persistentes de la astronomía cercana: qué nos dice la Luna sobre el origen y la memoria geológica del vecindario terrestre.
