En la ciudad, las aves temen más a las mujeres que a los hombres

Paloma.
Paloma.Shutterstock

En parques de cinco países europeos, 37 especies de aves permitieron que hombres se acercaran, en promedio, un metro más que mujeres antes de escapar. El patrón es consistente, pero el “cómo” y el “por qué” siguen sin respuesta.

En la convivencia cotidiana entre personas y fauna urbana hay matices que la ciencia apenas empieza a medir. Un estudio publicado en People and Nature (Sociedad Ecológica Británica) registró un patrón llamativo: en entornos urbanos, muchas aves despegan antes cuando quien se aproxima es una mujer y toleran una mayor cercanía cuando se trata de un hombre.

Mirlo.
Mirlo.

La investigación —divulgada por medios como Live Science y Science Alert— no ofrece aún una explicación causal. Pero sugiere que, para las aves, el ser humano no es un estímulo “neutral”: la identidad del observador puede alterar la conducta registrada y, por extensión, influir en estudios de comportamiento hechos en campo, según se lee en la Deutsche Welle.

Qué se midió: 2.701 aproximaciones y 37 especies

El trabajo se realizó en parques urbanos de cinco países europeos: República Checa, Francia, Alemania, Polonia y España.

Aunque este acto puede parecer inocuo e incluso bondadoso, alimentar a las palomas de la plaza lleva consigo una serie de riesgos y consecuencias que vale la pena considerar.
Palomas.

En total, los autores reunieron 2.701 observaciones sobre 37 especies, incluyendo aves muy habituadas a las personas —como palomas— y otras típicamente más desconfiadas, como las urracas.

También figuran mirlos, pinzones, cuervos, estorninos y pájaros carpinteros, entre otras.

La variable central fue la distancia de huida: cuán cerca puede acercarse una persona antes de que el ave escape volando. El resultado, repetido a través de especies y lugares, fue cuantificable: los hombres pudieron aproximarse, en promedio, alrededor de un metro más que las mujeres antes de provocar la fuga.

Cómo se controlaron las variables: método y precauciones

Para reducir al mínimo las diferencias entre observadores, el diseño intentó estandarizar el acercamiento humano. Participaron cuatro hombres y cuatro mujeres, todos ornitólogos con experiencia, organizados en parejas con estatura y vestimenta similares.

Urraca.
Urraca.

La aproximación se realizaba:

  • De forma directa, sin trayectorias laterales
  • A ritmo constante, sin cambios de velocidad
  • Alternando el orden de aproximación para evitar sesgos por secuencia

Además, se introdujeron controles específicos en el grupo de mujeres: las participantes no recopilaron datos durante el periodo menstrual, cuando —según el planteamiento del estudio— podrían intensificarse ciertos compuestos olfativos del olor corporal. Quienes tenían cabello largo debían llevarlo recogido.

Pese a ese esfuerzo metodológico, la diferencia se mantuvo.

Lo que más desconcierta a los autores: consistencia sin explicación

Los propios investigadores subrayan que el hallazgo es robusto como patrón, pero débil en interpretación. “Como mujer en este campo, me sorprendió que las aves reaccionaran de forma diferente ante nosotras”, dijo Yanina Benedetti, ecóloga de la Universidad Checa de Ciencias de la Vida de Praga y coautora del estudio, en declaraciones recogidas en la cobertura del trabajo.

Cuervo.
Cuervo.

Su observación apunta a un problema mayor: muchos estudios asumen que el observador humano no altera el comportamiento animal, algo que aquí no se cumpliría.

Daniel Blumstein, de la Universidad de California en Los Ángeles, coincide en la solidez del resultado y en la falta de una hipótesis concluyente. Según recoge la cobertura, admitió que hoy no puede explicar el mecanismo detrás de esa discriminación y bromeó con que haría falta un experimento “a lo Monty Python” para probarlo, aludiendo a los andares como posible pista.

¿Cómo diferencian las aves a hombres y mujeres? Hipótesis abiertas

La pregunta clave no es solo si existe una diferencia, sino cómo se produce. El estudio no demuestra el mecanismo: apenas delimita el fenómeno.

Entre las hipótesis exploradas por los autores —aún especulativas— aparecen:

  • Señales olfativas: durante décadas se asumió que el olfato era marginal en aves, pero investigaciones recientes han mostrado que muchas especies tienen capacidades olfativas más finas de lo esperado. Esto abre la puerta a que detecten compuestos asociados al olor corporal humano.
  • Forma del cuerpo o morfología: diferencias en silueta, masa o proporciones podrían funcionar como señales visuales.
  • Postura y modo de caminar: micro-variaciones en la marcha o en la forma de aproximarse podrían interpretarse como más o menos amenazantes.

El problema es que ninguna de estas opciones ha sido aislada ni verificada dentro del experimento. El propio equipo plantea que próximos estudios deberían separar variables (olor, movimiento, morfología) en lugar de agruparlas bajo la etiqueta general de “sexo”.

La paradoja evolutiva: ¿no debería ser al revés?

El hallazgo también activa un debate sobre aprendizaje y memoria ecológica. Una explicación posible sería que las aves aprenden, por experiencia, qué tipos de humanos representan mayor riesgo.

Sin embargo, como apuntó el profesor emérito John Marzluff (Universidad de Washington), esa idea choca con una narrativa extendida sobre la prehistoria: si los hombres cazaban y las mujeres recolectaban, cabría esperar —si ese legado influyera— más desconfianza hacia los hombres, no menos.

Marzluff considera que esta paradoja debilita parcialmente la hipótesis del aprendizaje y califica los resultados de preliminares, aunque no los descarta. Su cautela se resume en una frase: sin una razón sólida para formular hipótesis sobre la diferencia, mantiene cierto escepticismo; aun así, concede que las aves observan a los humanos con una atención que todavía no comprendemos bien.

Un patrón distinto al observado en otros animales

La discusión se vuelve más interesante al compararla con otros hallazgos en animales. Según Science Alert, existen estudios donde se han documentado respuestas diferenciadas al sexo humano: por ejemplo, ratones de laboratorio con mayores niveles de estrés cuando los manipulan hombres, y reacciones similares en caballos, vacas o algunos primates en cautiverio ante la presencia masculina.

En aves urbanas, en cambio, el patrón descrito va en otra dirección: parecen tolerar más a los hombres. Esa divergencia refuerza la idea de que no hay una regla simple y que las respuestas dependen del contexto ecológico, la historia de interacción y los sentidos involucrados.

Qué implica para la ciencia del comportamiento (y para la ciudad)

Más allá de la curiosidad —y de la frustración del aficionado que intenta fotografiar un mirlo—, el estudio plantea una advertencia metodológica: si el sexo del observador modifica la distancia de huida, entonces algunos datos de campo podrían estar influenciados por quién los mide.

Federico Morelli, de la Universidad de Turín, lo sintetizó en términos prudentes: se ha identificado un fenómeno, pero aún no se sabe por qué. Lo que sí sugiere, en conjunto, es la sofisticación con la que las aves urbanas evalúan su entorno en paisajes saturados de estímulos humanos.

Fuente: Deutsche Welle