El Día Mundial de las Tortugas se conmemora el 23 de mayo. La fecha fue impulsada a comienzos de los 2000 por la organización American Tortoise Rescue para llamar la atención sobre la conservación de tortugas, su papel ecológico y el deterioro acelerado de sus hábitats. La jornada también funciona como recordatorio de una paradoja: un grupo animal famoso por su “resistencia” puede estar perdiendo la carrera frente a amenazas creadas por humanos.

Sobrevivieron a los dinosaurios: claves evolutivas para resistir extinciones
Las tortugas existen desde hace más de 200 millones de años, lo suficiente como para haber convivido con dinosaurios y persistido tras crisis globales, incluida la extinción de hace 66 millones de años.

Su éxito no se explica por una sola ventaja, sino por una combinación de rasgos.
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El caparazón, más que una armadura, es una estructura integrada al esqueleto que protege órganos vitales y reduce la mortalidad ante depredadores.

Muchas especies, además, tienen metabolismo relativamente lento, lo que les permite sobrevivir con menos alimento y soportar períodos de escasez.
Su fisiología tolera variaciones de oxígeno: algunas pueden pasar largos intervalos con actividad reducida, una estrategia útil en ambientes cambiantes.
Esa “resiliencia”, sin embargo, tiene un costo: son animales longevos, de crecimiento lento y reproducción tardía. En términos demográficos, eso las vuelve especialmente vulnerables cuando aumenta la mortalidad adulta por pesca incidental, atropellamientos, caza o comercio ilegal.

Hoy, más de la mitad de las especies de tortugas están amenazadas en alguna categoría a nivel global, según evaluaciones científicas e internacionales.
El sexo depende de la temperatura: el impacto silencioso del cambio climático
En muchas tortugas, el sexo de las crías no lo determina un cromosoma, sino la temperatura del nido durante un periodo crítico de incubación. En términos simples: temperaturas más altas tienden a producir más hembras, y más bajas, más machos (el patrón exacto varía por especie).
Con olas de calor más frecuentes y playas que se recalientan, algunas colonias ya muestran sesgos extremos.

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El riesgo no es inmediato como una caza, pero es profundo: una población con pocos machos puede ver caer su éxito reproductivo, perder diversidad genética y volverse más frágil frente a enfermedades y eventos climáticos.
Tortugas marinas y plástico: por qué confunden bolsas con medusas
En el mar, una bolsa flotando puede parecerse a una medusa, presa habitual de varias especies. No es solo un error “visual”: la forma, el movimiento y hasta señales químicas pueden inducir la ingestión.

El daño es fisiológico. El plástico puede obstruir el intestino, provocar lesiones internas y generar una falsa sensación de saciedad: el animal deja de alimentarse y se debilita.
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También puede alterar la flotabilidad (síndrome de flotación), impidiendo que bucee para comer o escapar. A eso se suma el riesgo de enredos en artes de pesca y residuos, con heridas e infecciones.
Las tortugas sobrevivieron a catástrofes planetarias sin ciudades, sin redes de arrastre y sin atmósferas recalentadas. Pero si lograron atravesar extinciones masivas, ¿por qué ahora están desapareciendo? La respuesta apunta menos a su biología que a la velocidad y escala del cambio humano.
