Los paleontólogos trabajan como investigadores de una escena antigua: contrastan indicios físicos, químicos y geológicos para formular hipótesis que puedan sostenerse entre sí.
Los dientes revelan cómo procesaban el alimento
La forma de los dientes es una de las evidencias más accesibles. Los grandes carnívoros, como Tyrannosaurus rex, tenían dientes curvos, serrados y resistentes, adecuados para sujetar, cortar y quebrar huesos.
En cambio, muchos dinosaurios herbívoros presentaban baterías dentales: filas de dientes que se reemplazaban continuamente y formaban superficies de molienda para triturar vegetación.

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Pero un diente no identifica por sí solo un menú exacto. Un animal con dentadura capaz de cortar carne también podía alimentarse de carroña, y una mandíbula apta para plantas duras no indica necesariamente qué especie vegetal predominaba en su dieta. Por eso se estudian las marcas microscópicas de desgaste. Rayas, hoyuelos y fracturas en el esmalte pueden mostrar si un animal mordía materiales abrasivos, vegetación fibrosa, semillas o huesos.
El contenido estomacal es excepcional, pero decisivo
En casos muy poco frecuentes, los fósiles preservan restos dentro de la cavidad corporal. Esos contenidos estomacales pueden incluir escamas, huesos de presas, semillas o fragmentos de plantas. Son una evidencia directa, aunque representan una comida puntual y no toda la dieta del animal.

Algo similar ocurre con los coprolitos, los excrementos fosilizados. Su análisis puede revelar huesos triturados, fragmentos vegetales, polen o señales químicas de materia orgánica. Un coprolito atribuido con seguridad a un dinosaurio carnívoro, por ejemplo, permite observar si consumía huesos además de carne, una conducta relevante para estimar cuánto aprovechaba una presa.
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La química de los huesos aporta pistas sobre la posición en la cadena alimentaria
Los isótopos son variantes de elementos químicos que quedan incorporadas en huesos y dientes durante la vida del animal. Las proporciones de carbono, oxígeno y otros elementos pueden reflejar el ambiente donde vivía, las plantas disponibles y, en algunos casos, su posición relativa en la red alimentaria.

El método tiene límites: tras millones de años, los minerales fósiles pueden alterarse durante el enterramiento. Por eso los investigadores comparan las señales químicas con el estado de conservación del fósil y con los sedimentos del entorno. La clave no es tratar un dato isotópico como una respuesta definitiva, sino integrarlo con anatomía y contexto geológico.
Mordidas, huesos y paisaje completan la reconstrucción
Las marcas de dientes en huesos ofrecen otra clase de evidencia. Su tamaño, profundidad y patrón pueden vincularse con la dentadura de un depredador conocido. También permiten distinguir, con cautela, entre un ataque, el consumo de carroña o la competencia por un cadáver.

El paisaje fosilizado importa tanto como el esqueleto. Restos de plantas, polen, madera, sedimentos de ríos o lagos y la abundancia de otras especies indican qué alimentos estaban disponibles. Un dinosaurio herbívoro no evolucionaba aislado: su anatomía dependía de la vegetación de su ambiente, y los carnívoros dependían a su vez de las poblaciones de herbívoros.
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Así, la dieta de los dinosaurios se reconstruye como una red de evidencias. Cada fósil aporta una parte de la historia; juntas, esas señales permiten estudiar no solo qué había en el estómago de un animal, sino cómo se organizaba un mundo perdido.
