¿Pueden los ecosistemas protegernos de los desastres naturales?

Vista aérea de un bosque de manglares.
Vista aérea de un bosque de manglares.Shutterstock

Los ecosistemas pueden disminuir inundaciones, erosión y daños costeros al regular el agua, disipar energía y estabilizar suelos. Pero su protección depende de la escala del evento, el estado del ambiente y la planificación territorial.

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En el marco del Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, que se celebra cada 13 de octubre, analizamos no si la naturaleza puede “detener” un desastre, sino cómo y hasta qué punto los procesos ecológicos modifican los peligros y la exposición de las poblaciones.

Los desastres no son únicamente fenómenos naturales: ocurren cuando una amenaza —una crecida, una tormenta, un deslizamiento— alcanza a comunidades vulnerables. En ese punto, algunos ecosistemas funcionan como una forma de reducción del riesgo basada en la naturaleza.

Humedales: espacio para el agua antes de que llegue a zonas urbanas

Los humedales pueden actuar como áreas de almacenamiento temporal durante lluvias intensas o crecidas de ríos. Sus depresiones, suelos y vegetación retienen parte del agua y hacen más lento su desplazamiento. Ese retraso puede reducir el pico de una inundación aguas abajo y dar tiempo a que el caudal se distribuya o infiltre en el terreno.

Un jabiru icónico en los humedales del Parque Nacional Kakadu en el Territorio del Norte, Australia.
Un jabiru icónico en los humedales del Parque Nacional Kakadu en el Territorio del Norte, Australia.

No se trata de una esponja ilimitada. Cuando un humedal está saturado, perdió superficie por rellenos o recibe lluvias excepcionales, su capacidad de amortiguación disminuye. Además, canalizar cursos de agua o urbanizar planicies de inundación suele trasladar el problema: el agua circula más rápido y puede concentrarse en otros puntos.

La conservación de humedales, por lo tanto, tiene un valor hidrológico además de ecológico. Mantener sus conexiones con ríos, lagunas y llanuras inundables es tan relevante como proteger la vegetación que los caracteriza.

Manglares: una barrera viva frente al oleaje

En las costas tropicales y subtropicales, los manglares pueden reducir parte de la energía de las olas y de las marejadas. Sus troncos, raíces aéreas y ramas generan fricción: el agua encuentra obstáculos, pierde velocidad y transporta menos sedimento hacia tierra firme.

Concepto de manglares.
En las costas tropicales y subtropicales, los manglares pueden reducir parte de la energía de las olas y de las marejadas.

La eficacia de esta barrera natural no es idéntica en todas las costas. Depende de la anchura del manglar, la densidad de los árboles, la pendiente del fondo marino, la altura de las olas y la intensidad de la tormenta. Una franja extensa y saludable puede ofrecer más protección que un borde estrecho y degradado, aunque ni siquiera un manglar bien conservado vuelve inocuo a un ciclón intenso o a una gran inundación costera.

También ayuda a limitar la erosión al sujetar sedimentos con sus raíces. Esa función resulta especialmente relevante en litorales donde el aumento del nivel del mar y la modificación de las corrientes alteran la línea de costa.

Vegetación y suelos: cuándo las raíces ayudan a evitar deslizamientos

En laderas, la vegetación puede contribuir a la estabilidad del suelo. Las raíces entrelazan partículas, aumentan su resistencia al movimiento y, en ciertos casos, favorecen la infiltración del agua. La cobertura vegetal también reduce el impacto directo de las gotas de lluvia, que desprenden y arrastran sedimentos en terrenos desnudos.

Pero atribuir a los árboles una capacidad absoluta para prevenir aludes sería incorrecto. Si el suelo se empapa durante días, si la pendiente es muy pronunciada, si hay fallas geológicas o si se produce un sismo, una ladera puede colapsar aun con vegetación.

La deforestación eleva el riesgo en muchos contextos, pero reforestar sin considerar especies, suelos, drenajes y tiempos de crecimiento tampoco ofrece una solución inmediata.

Las barreras naturales funcionan mejor cuando se integran con mapas de riesgo, normas de construcción, sistemas de alerta y decisiones que eviten ocupar zonas expuestas. Un humedal restaurado, un manglar protegido o una ladera con cobertura vegetal pueden reducir daños probables, pero no modifican por sí solos la intensidad de una tormenta, un terremoto o una crecida extrema.