El Niño es la fase cálida del fenómeno climático conocido como El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO por sus siglas en inglés. Se origina en el Pacífico tropical, pero sus efectos pueden propagarse hacia otras cuencas y modificar lluvias, corrientes, temperaturas y disponibilidad de nutrientes. Para los peces, el cambio decisivo suele ocurrir antes de que el agua alcance temperaturas inusuales: empieza cuando el océano deja de transportar hacia la superficie los nutrientes que sostienen al plancton.
El mecanismo clave: menos nutrientes, menos alimento
En condiciones normales, frente a las costas de Perú y Ecuador —una de las zonas pesqueras más productivas del planeta— los vientos favorecen el ascenso de aguas profundas, frías y cargadas de nutrientes. Este proceso, llamado afloramiento o surgencia, fertiliza la superficie del mar.
Lea más: El Niño y los huracanes: por qué frena unos y favorece otros
Allí crece el fitoplancton, un conjunto de microorganismos vegetales que utiliza luz solar y nutrientes para desarrollarse. El zooplancton se alimenta de él; peces pequeños como la anchoveta consumen plancton, y aves marinas, mamíferos y peces depredadores se alimentan luego de esos peces. Es una cadena aparentemente simple, pero muy sensible a los cambios físicos del océano.
Durante El Niño, los vientos alisios que habitualmente empujan las aguas cálidas superficiales hacia el oeste del Pacífico pueden debilitarse. El agua cálida se extiende hacia el Pacífico central y oriental, mientras la capa de transición entre las aguas cálidas de superficie y las aguas frías profundas se hunde. Como resultado, el afloramiento pierde fuerza.
Con menos nutrientes llegando a la zona iluminada por el sol, disminuye la productividad biológica. No significa que todos los peces desaparezcan de inmediato, sino que cambia la disponibilidad de alimento y las condiciones que permiten su reproducción, crecimiento y supervivencia.
Por qué la anchoveta es una especie especialmente vulnerable
La anchoveta peruana suele ser uno de los ejemplos más claros de esta relación. Este pequeño pez pelágico depende de aguas relativamente frías y de ecosistemas muy productivos. Cuando las aguas superficiales se calientan y el plancton escasea, la especie puede desplazarse hacia zonas más profundas, hacia el sur o hacia áreas donde persisten condiciones favorables.
Ese movimiento tiene consecuencias ecológicas y económicas. La anchoveta es un eslabón esencial de la red trófica del sistema de Humboldt, que recorre las costas de Chile y Perú. Su menor disponibilidad puede afectar a aves guaneras, lobos marinos y peces de mayor tamaño. También altera una de las principales pesquerías del mundo, destinada tanto al consumo humano como a la producción de harina y aceite de pescado.
Sin embargo, asociar El Niño con una caída automática de las poblaciones de anchoveta sería una simplificación. La respuesta depende de la duración y magnitud del calentamiento, del estado previo de la población, de la presión pesquera y de la presencia de refugios de agua fría cercanos a la costa. Un evento breve o moderado no tiene necesariamente el mismo efecto que uno intenso y prolongado.
Lea más: El Niño y sus distintas mediciones: por qué no hay consenso sobre su intensidad
No todos los peces responden igual al calentamiento
El Niño no afecta a todas las especies de la misma manera. Mientras algunos peces adaptados a aguas frías pierden hábitat o alimento, especies tropicales o de afinidad cálida pueden expandir temporalmente su distribución hacia latitudes más altas.
En años de El Niño pueden registrarse, por ejemplo, peces tropicales en zonas donde son poco habituales, así como cambios en las rutas de especies migratorias. Atunes, dorados, calamares y otros organismos pelágicos responden a variaciones en la temperatura, las corrientes y la ubicación de sus presas.
Por eso, los científicos no evalúan el fenómeno únicamente contando capturas. También observan dónde se concentran los peces, a qué profundidad se encuentran, qué comen, en qué momento se reproducen y cómo varía el tamaño de los individuos jóvenes. Una población puede mantenerse numéricamente estable durante un tiempo y, aun así, estar atravesando cambios que comprometan su capacidad de recuperarse en los años siguientes.
Temperatura, oxígeno y reproducción: los efectos que no siempre se ven
El calentamiento superficial es solo una parte del problema. El Niño puede modificar la distribución del oxígeno disuelto en el océano, un factor crítico para la vida marina. En algunas regiones, las aguas cálidas contienen menos oxígeno y cambian la profundidad de las zonas con bajos niveles de este gas.
Para los peces, esto puede reducir el espacio habitable. Si la superficie es demasiado cálida y las capas más profundas tienen poco oxígeno, las especies quedan concentradas en una franja estrecha de agua con condiciones aceptables. Esa compresión del hábitat puede aumentar la competencia por alimento y volver a los cardúmenes más accesibles a los depredadores y a las flotas pesqueras.
Lea más: Qué es la Circulación de Walker y cómo conecta el calor del Pacífico con el clima global
La reproducción también puede verse alterada. La temperatura influye en el desarrollo de huevos y larvas, etapas especialmente vulnerables del ciclo de vida. Si el desove coincide con una menor disponibilidad de plancton, las larvas encuentran menos alimento en sus primeros días, cuando su supervivencia define en buena medida la abundancia futura de una población.
El efecto, por lo tanto, no siempre se expresa como una mortandad visible. A veces aparece meses o años después, cuando una generación de peces es menos numerosa de lo esperado.
Qué ocurre en otras regiones del océano
Aunque el Pacífico oriental es una referencia fundamental para entender el vínculo entre El Niño y las pesquerías, los efectos alcanzan otras áreas. En el Pacífico central y occidental cambian las lluvias, la intensidad de los vientos y la posición de masas de agua cálida. En algunas zonas, las especies se desplazan siguiendo las condiciones térmicas; en otras, la alteración de corrientes afecta la llegada de larvas a las áreas costeras donde crecen.
En el Atlántico y el Índico, la influencia es más indirecta y variable. El Niño puede modificar patrones atmosféricos que, a su vez, alteran temperaturas marinas, lluvias y aportes de agua dulce desde los continentes. Estos cambios afectan estuarios, arrecifes y plataformas continentales, hábitats de reproducción y crianza para muchas especies.
No todas las alteraciones observadas durante un año de El Niño pueden atribuirse exclusivamente al fenómeno. Las olas de calor marinas, la contaminación, la sobrepesca, la pérdida de hábitats costeros y la variabilidad natural local también intervienen. Separar esas causas es uno de los principales desafíos de la oceanografía y la ecología pesquera.
Por qué el monitoreo temprano es decisivo
Los satélites permiten seguir la temperatura superficial del océano, la altura del mar y la concentración de clorofila, un indicador indirecto de la presencia de fitoplancton. A esos datos se suman campañas oceanográficas, boyas, registros de desembarque y muestreos biológicos de peces, huevos y larvas.
La utilidad de estas observaciones no se limita a anticipar pérdidas económicas. Entender cómo responde cada ecosistema permite ajustar la pesca cuando las condiciones son desfavorables y proteger las etapas más sensibles de las poblaciones.
El Niño muestra que la abundancia de peces no depende únicamente de lo que ocurre en la superficie. Depende de una secuencia de procesos conectados: vientos que cambian, aguas profundas que dejan de ascender, nutrientes que no llegan al plancton y especies que deben desplazarse, competir o reproducirse en un océano distinto.
