Recoleta FC se despidió de la Copa Sudamericana con una actuación que deja más interrogantes que certezas. La derrota 4-0 ante Boca Juniors en el Defensores del Chaco, que terminó de sentenciar un 7-1 global, no fue solamente consecuencia de la diferencia de jerarquía entre ambos equipos: también dejó en evidencia las limitaciones del conjunto paraguayo para competir en una serie de esta magnitud.
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El Canario comenzó con la obligación de remontar el 1-3 sufrido en la ida, y durante los primeros minutos mostró una actitud acorde a la necesidad. Incluso tuvo una ocasión clara para adelantarse, pero esa intención inicial se fue diluyendo rápidamente. Boca, con el paraguayo Ángel Romero en la banca y sin ingresar, no tuvo la necesidad de acelerar demasiado, encontró espacios y comenzó a imponer las condiciones del partido.
El primer problema de Recoleta volvió a estar en su fragilidad defensiva. El 1-0 de Santiago Ascacíbar llegó después de una acción por la izquierda que encontró demasiadas facilidades para el centro y, posteriormente, una segunda pelota que la defensa no logró despejar.
El segundo golpe, sobre el cierre de la etapa, fue todavía más significativo: Villa tuvo una primera oportunidad, Ferreira respondió, pero el rebote quedó nuevamente a disposición del atacante colombiano. Recoleta no pudo resolver una segunda jugada y Boca no perdonó.
Con el 2-0 antes del descanso y un global de 5-1, la eliminatoria quedó prácticamente sentenciada. El segundo tiempo terminó confirmando la diferencia. A los pocos minutos, una recuperación de Boca en mitad de cancha dejó nuevamente expuesta a la última línea recoletana. Merentiel recibió con espacios, quedó mano a mano y definió con enorme tranquilidad para el 3-0.
Y allí apareció otro aspecto preocupante: Recoleta perdió el orden y la capacidad de reacción. El equipo necesitaba atacar, pero no consiguió hacerlo con claridad. Los cambios de González Frutos buscaron modificar el panorama, pero las variantes no lograron cambiar la dinámica. Boca, en cambio, tenía el lujo de administrar la ventaja y refrescar sus líneas con jugadores de jerarquía.
El cuarto gol fue prácticamente una fotografía de lo que había sido el partido. Boca recuperó y salió rápidamente de contragolpe; Velasco recibió con metros por delante, dejó en el camino a Pedro Ríos con una bicicleta y definió con potencia. Demasiado espacio, demasiada libertad y demasiada facilidad para un equipo que estaba jugando una eliminatoria de Copa Sudamericana.
Una diferencia que fue más que económica
Es cierto que Boca tiene una plantilla construida para competir en otro nivel y que la diferencia presupuestaria entre ambos clubes es enorme. Pero reducir la eliminación únicamente a la jerarquía sería demasiado sencillo.
Recoleta tuvo problemas que estuvieron a su alcance: defendió mal, perdió duelos individuales, sufrió las transiciones y no encontró respuestas cuando el partido se puso cuesta arriba. En una serie internacional, esos errores se pagan inmediatamente.
El Canario tampoco logró sostener durante 180 minutos la intensidad necesaria para incomodar realmente a Boca. Hubo momentos de iniciativa, especialmente en el arranque de ambos partidos, pero fueron insuficientes.
Cuando el Xeneize aceleró, Recoleta sufrió. Cuando Boca encontró espacios, los aprovechó. Y cuando el conjunto paraguayo necesitó carácter para reaccionar, las respuestas fueron escasas.
La eliminación deja, por tanto, una enseñanza dura: Recoleta quiso jugar de igual a igual, pero todavía está lejos de tener las herramientas para hacerlo durante toda una serie ante un rival de esta dimensión.
La experiencia, sin embargo, puede ser valiosa. Llegar a los octavos de final ya representó un paso importante para el club, pero el 1-7 global también funciona como una radiografía de todo lo que todavía necesita mejorar para transformar una participación continental en una verdadera competencia internacional.
Boca avanzó con autoridad. Recoleta quedó eliminado, pero sobre todo quedó expuesto.
