América Latina ante la trampa de la informalidad: el freno silencioso a la productividad

La persistencia de una altísima informalidad laboral es notoria con los puestos de venta.
La persistencia de una altísima informalidad laboral es notoria con los puestos de venta.virgilio vera

El reciente estudio económico “Crecimiento y productividad en un contexto de alta informalidad”, publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), revela una dura realidad para la región. A pesar de los esfuerzos por estabilizar las variables macroeconómicas, América Latina permanece atrapada en un ciclo de bajo crecimiento y escasa productividad. El reporte indica que este estancamiento no es una simple racha de mala suerte coyuntural, sino el resultado de un obstáculo estructural profundo: la persistencia de una altísima informalidad laboral. Hoy en día, cerca de la mitad de los trabajadores de la región (un 48,0% en 2025) se desempeña en actividades informales, una cifra que en países como Bolivia y el Perú supera el 70%. En Paraguay, al cierre del año 2025, la ocupación informal alcanzó el 60,1% de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

La trayectoria histórica de este indicador ilustra la magnitud del desafío. En 1990, la informalidad afectaba al 54,5% del empleo total, y escaló hasta un pico del 57,8% en el año 2000. Posteriormente, entre los años 2000 y 2013, la región experimentó su mayor avance asociado a un crecimiento dinámico y al auge de las materias primas, lo que causó una caída histórica de 11,9 puntos porcentuales. No obstante, este impulso se agotó a partir de 2014, período en el cual comenzó la denominada segunda década perdida. Desde entonces, con un crecimiento económico promedio inferior al 1% anual, la formalización del empleo quedó paralizada. Esta evolución demuestra que los avances temporales se evaporan si no hay transformaciones estructurales profundas en el tejido productivo.

Para explicar esta trampa, el estudio de la CEPAL analiza la relación entre el crecimiento y la productividad a través de dos realidades asimétricas. Por un lado, el sector formal opera como un motor de largo plazo. Ante una fase de expansión, las empresas de este sector invierten en tecnología, adoptan procesos eficientes y capacitan a su personal. Esto genera ganancias de productividad intensas, veloces y duraderas. Por otro lado, el sector informal funciona bajo la lógica de la supervivencia. Aunque el dinamismo económico beneficia de forma temporal a las unidades informales, este alivio es débil y transitorio. Debido a la falta de escala, la nula transferencia tecnológica y el nulo acceso a créditos bancarios, estos pequeños negocios no logran consolidar sus mejoras.

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El gran peligro es que, con la mitad de la fuerza laboral en la informalidad, las ganancias del crecimiento se diluyen. El panorama se asemeja al de un balde perforado: por más agua que se vierta dentro, el líquido se escapa por las grietas de un sector que no retiene el valor ni genera innovación estructural. Así, la informalidad no es un simple síntoma del bajo desarrollo; es la causa principal que perpetúa la trampa de baja capacidad para crecer.

La solución de la CEPAL exige un cambio radical de enfoque. Las políticas tradicionales basadas solo en multas, fiscalización o simplificación de registros administrativos resultan insuficientes para resolver esta crisis. La elevada informalidad reduce también el alcance de los sistemas contributivos de salud, las pensiones y la recaudación fiscal, lo que restringe el margen de maniobra de los Estados para responder a futuras crisis. Por ello, es indispensable una estrategia de formalización productiva que articule las políticas laborales, fiscales, financieras y de fomento industrial, con el fin de elevar la productividad real de las personas y de las empresas.

Entre las herramientas importantes destaca el extensionismo tecnológico. Este mecanismo asiste a los pequeños productores en la adopción de herramientas digitales y en la mejora de sus procesos internos. A esto se debe sumar una reforma que amplíe el acceso a créditos de la banca de desarrollo para las empresas de menor escala y el diseño de regímenes fiscales progresivos que actúen como puentes hacia la formalidad. Este esfuerzo integral exige, además, la participación de gobiernos locales, agencias de desarrollo, cooperativas y universidades en cada territorio. Las iniciativas clúster y la articulación entre proveedores locales y grandes empresas ancla facilitarán que la formalización deje de ser un laberinto individual para convertirse en un motor colectivo de desarrollo regional. Solo mediante este esfuerzo coordinado será posible transformar el crecimiento económico en empleos de calidad y en bienestar sostenible para toda la población.

*Este artículo fue elaborado por MF Economía e Inversiones