Una producción ambiciosa que se va de las manos

Un manuscrito de “Yo el Supremo” que se pierde en una subasta, en una situación en la que están involucrados gente vinculada al stronismo y de la izquierda, además de un comando de exmilitares. La idea es más que atractiva, pero una dirección poco ágil impide una narración adecuada de la historia.

Fernando Abadie, Sandra Guillén y Eduardo Burlé, en una escena de “El supremo manuscrito”, de Jorge Díaz de Bedoya y Michael Kovitz Jr.
Fernando Abadie, Sandra Guillén y Eduardo Burlé, en una escena de “El supremo manuscrito”, de Jorge Díaz de Bedoya y Michael Kovitz Jr.Archivo, ABC Color

Jorge Díaz de Bedoya y Michael Kovitz Jr. tenían en sus manos una historia que habla del Paraguay reciente, con las dos puntas que, tal vez, hayan llamado más la atención al público internacional. Primero, la dictadura de Stroessner, que dejó su negra impronta en nuestra sociedad. Luego, ese gran discurso sobre el autoritarismo que es la novela de Augusto Roa Bastos, “Yo el Supremo”, el libro más importante de la literatura paraguaya.

La película se inicia con una subasta en la que una mujer misteriosa puja la mejor oferta sobre un manuscrito de “Yo El Supremo”, toda una rareza ya que se sabe que Roa Bastos quemaba sus originales. Pero en el medio del remate, el texto desaparece. El vendedor, un rico coleccionista con un pasado stronista, establece una alianza con la compradora, con la intención de recuperar la obra, pero son secuestrados por los mismos ladrones.

Empieza así una historia que tiene elementos de misterio, acción, corrupción, política y que está matizada con detalles sobre coleccionismo, la personalidad de Roa Bastos y el stronismo. Pero todo se toca de paso, de una manera desangelada, tanto en la narración en sí como en la actuación de los actores. Es como si el proyecto se haya ido de las manos de sus responsables. Querían abarcar mucho y no supieron profundizar en nada. Hay muchos cabos sueltos, además de actuaciones poco convincentes, que con una buena dirección podrían haber obtenido mejores efectos. Destacamos la de Javier Enciso y del chileno Eduardo Burlé. Claudia Scavone, con su sobreactuación, consigue convencer con una fiscala falsa y corrupta.

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Lo que resulta en la película son sus recursos de forma. Hay una fotografía de Encarnación muy atractiva y hay un recorrido interesante de la colección del magnate Eduardo Hrisuk. Pero la película está mal narrada.

sferreira@abc.com.py

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