Luego de la guerra, el país quedó devastado

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“El país ocupado” es el título del libro que aparecerá el domingo 22 con el ejemplar de nuestro diario, en la Colección “A 150 años de la Guerra Grande”. La obra pertenece al historiador compatriota Herib Caballero Campos y narra las desgracias abatidas sobre nuestro país tras la guerra.

A las crueldades perpetradas por los invasores que se instalaron en Asunción en enero de 1869, había que sumar la miseria total, reflejada sobre todo en la hambruna que imperaba en la población.

Para pintar lo que representó el hambre en aquel tiempo en el Paraguay, el doctor Herib Caballero Campos reproduce en su libro la desgarradora revelación de Héctor F. Decoud: “El hambre y la desnudez eran tan grandes, que se llegó hasta no poder transitar por las calles de la Asunción sin ser acosados por grupos de ancianos e infelices mujeres, llevando muchas de ellas en brazos famélicas criaturas, e implorando una limosna (…). Los hoteles, restaurantes, bodegones, etc., eran invadidos por aquellas gentes que se arrodillaban alrededor de las mesas o extendían sus brazos entre las rejas de las ventanas clamando (…) por un bocado de pan. En las casas de negocio no se podía entrar porque las puertas estaban obstruidas por indigentes que pedían que comer y vestir”.

Los historiadores que se ocuparon de la guerra del 70 se referían al período de posguerra más en los aspectos políticos. Se tuvo que aguardar al centenario de la finalización de la guerra para que Juan Bautista Gill Aguinaga se ocupara del tema de los abusos de los invasores, en un texto publicado en la Revista de la Academia Paraguaya de Historia, que luego utilizaría el historiador Alfredo Viola para referirse a la Asunción ocupada, en un artículo publicado en 1988.

Caballero Campos señala que en este libro “pretendemos describir aquellos años duros de un país devastado, con tropas de ocupación que actuaban con prepotencia en medio de constantes insurrecciones, del hambre y de la frágil existencia de los sobrevivientes, que apenas tuvieron tiempo de llorar a sus muertos, para tratar luego de salvar su propia vida ante la constante amenazas”.