El país de maravillas que todos los días nos pintan nuestras autoridades está lejos de ser realidad en sectores claves, como la salud y la educación, por ejemplo. Y no se trata de dar satisfacción o solución de nuevas necesidades o problemas, sino de antiguas situaciones recurrentes, que son difíciles de entender que sigan existiendo en esta época, como ciertos episodios ocurridos tan solo en los últimos días. Este desastre del sistema sanitario refleja tanto la ineficiencia como la insensibilidad de las autoridades competentes. Quienes se ven forzados a recurrir a ella, por razones económicas, se exponen a experimentar la falta de medicamentos, de insumos, de equipos o de personal idóneo, sin que las reiteradas denuncias, tanto de las víctimas y de sus familiares como del Círculo Paraguayo de Médicos, conmuevan a los responsables del patético estado de cosas. La inoperancia de la sanidad estatal implica no solo un desprecio al derecho a la vida o a la integridad física, sino también a la dignidad de las personas.
En el Alto Paraguay, y respondiendo a un pedido de auxilio en la noche del último viernes, una abnegada enfermera de la Unidad de Salud Familiar (USF) de Toro Pampa, Gabi Coronel, asistió en su camioneta particular, en medio del camino embarrado, a una parturienta que, desde un establecimiento ganadero, era llevada por sus familiares a dicho puesto sanitario; allí prosiguió la asistencia a la madre y al recién nacido. Increíblemente, el local sanitario solo está abierto de lunes a viernes, en horas del día, y el personal no es remunerado si atiende fuera de ese horario, en casos de urgencia. Como la USF no cuenta con un chofer para operar la ambulancia que acaba de ser recibida, uno que trabaja para el Hospital Regional de Fuerte Olimpo será trasladado provisoriamente a Toro Pampa, hasta que disponga de fondos el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social que, por lo visto, ignora el significado del vocablo planificar. Si se tratara de algún “nepobaby”, sin duda no faltaría un jugoso salario.
Otro parto en circunstancias lamentables ocurrió el 1 de enero en el Hospital Distrital de Presidente Franco, debido, presuntamente, a la negligencia de la obstetra de turno que, además, habría maltratado a la parturienta y a sus familiares. Ante la desatención, la gestante se dirigió al baño, donde recién fue asistida cuando el bebé asomaba la cabeza. Su hermana dijo que el bebé pudo haberse caído y agregó que personas como la obstetra no deberían atender casos tan delicados. En realidad, no tendrían que atender ninguno, para no ofender ni poner en riesgo la vida de nadie. La directora del hospital, Andrea Giménez, pidió un informe a la profesional para elevarlo a la Décima Región Sanitaria: habrá que ver si sus explicaciones son convincentes y si, en caso contrario, se toma la medida oportuna. El indignante episodio enseña la necesidad de prestar mucha atención a la calidad humana del personal de blanco, para prevenir conductas que podrían estar contempladas en el Código Penal.
La necesidad referida también se desprende de lo sucedido el último 31 de diciembre, cuando pacientes del Instituto Nacional del Cáncer (Incan) no recibieron el tratamiento de radioterapia, porque el servicio estaba suspendido, pese a que el asueto decretado para los funcionarios excluía al personal de blanco, al administrativo y al de apoyo del sistema sanitario. Según la directora del Incan, Jabibi Noguera, la interrupción fue dispuesta unilateralmente por la responsable del área, por lo que sería sometida a un sumario administrativo, siendo de esperar también que el caso no termine en agua de borrajas.
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Los dos últimos hechos mencionados muestran que las graves carencias de la sanidad tienen que ver también con la selección y el control de los recursos humanos: la elogiable actuación de la enfermera de Toro Blanco distaría mucho de ser la conducta acostumbrada de una parte del personal, quizá porque, en general, su nombramiento responde más bien al padrinazgo político-partidario antes que a la idoneidad y a la vocación de servicio demostradas en un concurso público de oposición. Más allá de todo ello, resulta evidente también que el Ministerio del área debe estar en buenas manos, porque la actual titular, María Teresa Barán, ya ha recibido suficientes cuestionamientos durante su gestión.
Las autoridades nacionales, no solamente las del sector salud, deberían avergonzarse por situaciones como las comentadas, que ubican al Paraguay a la altura de países muy atrasados en materia sanitaria. Que con el panorama dorado que nos pintan todos los días no pretendan ignorar la mugre que se esconde bajo la alfombra.