El caso más arquetípico es el de los combustibles, que es, con mucha diferencia, el primero en la lista de productos importados en el país. Si tomamos como referencia 2018, cuando el tipo de cambio era similar al actual, un litro de gasoíl tipo III, común, que es el de mayor consumo en Paraguay, utilizado ampliamente en transporte y maquinaria, costaba 4.930 guaraníes, frente a los G. 7.740 que cuesta en la actualidad en Petropar, cuya red de distribución es muy limitada, y G. 8.800 en emblemas privados, lo que implica un aumento de entre el 60 y el 80 por ciento. Lo mismo, o peor, ha ocurrido con los otros derivados.
El obvio argumento que se utiliza para justificarlo es el precio internacional del petróleo, pero si se revisan los números puros y duros se encuentran llamativas inconsistencias y se percibe que ese descargo es solo parcialmente real.
Veamos. Inmediatamente antes de la guerra en Ucrania, que se desató en febrero de 2022 y provocó la primera disparada del petróleo, el precio de referencia del crudo era de 97 dólares el barril. El dólar en Paraguay estaba a 7.100 guaraníes y el gasoíl común estaba a 6.300 guaraníes el litro. Hoy, en plena crisis en Medio Oriente, el petróleo se cotiza a 111 dólares el barril, con la volatilidad lógica por las tensiones internacionales, y el dólar está a 6.100 guaraníes a la venta.
Esto significa que entre enero de 2022 y el presente, el petróleo subió 15 por ciento, pero el dólar está 15% más barato que en aquella época, con lo que el costo de adquisición se tendría que compensar, pese a lo cual el gasoíl está mucho más caro. Si se convierten todos los valores a guaraníes con el tipo de cambio de cada momento y se utilizan los mismos parámetros previos a la guerra en Europa, actualmente el gasoíl común debería costar 6.200 guaraníes, entre 25 y 40 por ciento menos de lo que cobran en las estaciones de servicio.
Por supuesto el negocio de los combustibles tiene sus complejidades, seguramente hay otras variables en juego, pero son difíciles de explicar semejantes diferencias. La gente percibe y comenta que todo sube rápidamente cuando se dan ciertas condiciones, pero no baja cuando las mismas se revierten.
El combustible es un ejemplo, lo mismo pasa con una extensa gama de productos, sean directamente importados o nacionales. Varios gremios, como la Unión de Gremios de la Producción, la Asociación Rural del Paraguay, la Unión Industrial Paraguaya y otros más pequeños se manifestaron para solicitar la intervención del Banco Central del Paraguay, y tienen sus motivos. Es cierto que a los exportadores les impacta fuertemente, tanto en su competitividad externa como en su rentabilidad en guaraníes. Pero ellos saben que el dólar es fluctuante y depende de factores de mercado. Así como se congratulan y no se quejan cuando está alto, así tienen que saber adaptarse cuando cambia la tendencia. Son las reglas del juego. Castigos a los productores y exportadores, nunca, pero subsidios directos o indirectos, tampoco.
Lo mismo cabe para el fisco y para los fabricantes y proveedores de servicios locales. Si tenían un presupuesto y unos precios con un dólar a 6.100 hace unos años, también los pueden tener ahora. Algunos costos e insumos se les habrán encarecido, pero otros se les van a abaratar. En todo caso, que exijan que el ajuste sea general y transparente y los beneficios también le lleguen a la gente.
La caída del dólar no tiene por qué ser una mala noticia, todo lo contrario, y el Gobierno debería interceder lo menos posible, porque queriendo favorecer a unos, necesariamente estará perjudicando a otros, especialmente, como siempre, al eslabón más débil y desprotegido, que es el consumidor.