En los días que siguieron a la eliminación de la selección alemana ante nuestra querida Albirroja y previos al partido ante Francia en los octavos de final del Mundial 2026, Paraguay volvió a mostrar su rostro más apasionado y emotivo. La hinchada –dentro y fuera del país– volvió a entonar las estrofas de ese “Patria Querida” que en otros tiempos retumbaba en las plazas y colegios en momentos de alegría o disconformidad, se pintó la cara con los colores de la tricolor y vibró con un fervor que parece no tener límites cuando se trata de la selección nacional. Los muchachos, por su parte, cayeron de pie en el partido disputado ante la escuadra francesa, un rival de enorme jerarquía. No fue solo una derrota digna: fue una demostración de que Paraguay, cuando se prepara y se une, puede plantar cara a cualquiera.
Ese orgullo es legítimo y necesario. El fútbol tiene la rara virtud de convocar a los paraguayos más allá de las diferencias políticas, sociales o regionales. Por noventa minutos –o más– desaparecen las divisiones y todos somos una sola voz. Es un sentimiento hermoso que nos recuerda que, debajo de tantas heridas históricas y desencuentros presentes, sigue latiendo un profundo amor común por esta tierra.
Sin embargo, la misma intensidad que se despliega en los estadios y en las redes sociales durante el Mundial parece diluirse con rapidez cuando el silbato final suena y la vida cotidiana regresa. Porque una cosa es pintar la cara y cantar el himno cuando el equipo sale a la cancha, y otra muy distinta es defender con la misma garra los derechos de los paraguayos cuando estos son sistemáticamente vulnerados.
Es bueno emocionarse con la camiseta albirroja; pero sería aún mejor mantener esa misma exigencia cuando se mete la mano en los bolsillos de la gente a través de la corrupción, cuando se tolera la impunidad de los poderosos o cuando se perpetúa un sistema que premia la lealtad política por encima del mérito y la honestidad.
El verdadero patriotismo no se agota en el fútbol. No puede limitarse a los cánticos y las banderas los días de partido. El patriotismo de verdad se mide en la capacidad –y en la voluntad– de exigir que las instituciones funcionen para todos y no solo para unos pocos.
Se mide en la disposición de no mirar para otro lado cuando la justicia es lenta, selectiva o directamente ausente. Se mide en la negativa a seguir participando de un clientelismo que convierte el voto en una transacción y no en un acto de soberanía responsable. Muchos de quienes ayer cantaban con el alma “Patria Querida” frente al Panteón de los Héroes, hoy callan, justifican o directamente apoyan a quienes han demostrado, una y otra vez, ser más verdugos que servidores del pueblo.
Esa contradicción no es solo un problema moral. Es el principal freno para que Paraguay avance hacia un desarrollo integral y respetuoso de la dignidad humana. Mientras se siga tolerando que el Estado marche en dos velocidades –una para los que tienen poder y otra para el común de los ciudadanos–, mientras se siga aceptando que los recursos públicos se dilapiden o se desvíen en tanto la salud, la educación y la seguridad siguen siendo deficitarias, el fervor tricolor de los días de Mundial terminará siendo solo un desahogo emocional periódico, sin consecuencias reales para la vida de la gente.
La selección nacional nos dejó una lección valiosa en este Mundial: demostró que se puede competir con los grandes sin complejos, con una idea clara, con sacrificio y con dignidad. Esa misma lección debe aplicarse en la construcción nacional. No basta con celebrar los logros deportivos si al mismo tiempo toleramos que el país pierda respeto internacional por escándalos recurrentes de corrupción, por la debilidad crónica de sus instituciones o por la percepción –cada vez más extendida– de que en Paraguay las reglas no son las mismas para todos.
Ganar respeto como pueblo implica mucho más que buenos resultados en la cancha. Implica tener un Poder Judicial independiente, eficiente y creíble. Implica un Congreso que legisle pensando en el bien común y no en la preservación de privilegios. Implica un Ejecutivo que rinda cuentas claras y oportunas sobre cada guaraní del erario.
Implica, sobre todo, una ciudadanía activa que no delegue su soberanía en la pasividad ni en el “así nomás luego es”. El clientelismo no es un destino inevitable; es una práctica que se sostiene porque encuentra cómplices en ambos lados de la relación: quienes lo ofrecen y quienes lo aceptan.
El verdadero campeonato que Paraguay necesita ganar no se juega en estadios de lujo, sino en las escuelas, en los juzgados, en los hospitales y en las urnas de nuestro propio país. Si logramos que la misma intensidad que desatamos cada vez que la tricolor ondea en el exterior se ponga al servicio de la exigencia diaria de transparencia, justicia y eficiencia, entonces sí estaremos jugando el mejor de los partidos.
Los muchachos de la Albirroja nos mostraron lo que significa caer de pie: competir con honor hasta el último minuto, sin excusas y sin bajar los brazos. Ahora nos toca a nosotros, como pueblo, decidir si vamos a seguir siendo hinchas de unos días o si vamos a convertirnos en protagonistas permanentes de un Paraguay que se planta ante los gigantescos males que azotan a nuestro amado país.
Que el pueblo paraguayo vuelva a ganar respeto. No solo en el exterior, por la garra de su selección, sino en casa, por la firmeza de sus instituciones y por la madurez de su ciudadanía. Ese es el desafío que queda pendiente cuando las luces del estadio se apagan y la vida real –la que no tiene repetición ni tiempo extra– sigue su curso.