El Paraguay que se construye con discursos, y el que se sostiene con el sacrificio de la gente

Hay dos Paraguay. Uno se exhibe en los balcones del poder, en los discursos de mármol y en las cifras que se lanzan como confeti de fiesta oficial. Ese Paraguay se proclama “histórico” en todo lo que hace, se mira al espejo y se declara primer mundo, se ufana con la palabra “récord” y vende la ilusión de que el país por fin ha cruzado el umbral de la modernidad. El otro Paraguay no aparece en las fotos oficiales, es el que se despierta cada mañana con el sabor amargo de la deuda, el que camina entre aulas sin materiales y hospitales que se ahogan en facturas impagas. Ese segundo país no grita; simplemente resiste, y cada tanto, cuando el hartazgo se vuelve insoportable, se declara en alguna huelga. La huelga de los médicos no es un capricho de temporada. Es el eco de años de abandono sistemático, un abandono que no nació ayer ni es patrimonio exclusivo de un color político. Varios gobiernos sembraron la semilla de la indiferencia; pero este la ha regado con generosidad.

Hay dos Paraguay. Uno se exhibe en los balcones del poder, en los discursos de mármol y en las cifras que se lanzan como confeti de fiesta oficial. Ese Paraguay se proclama “histórico” en todo lo que hace, se mira al espejo y se declara primer mundo, se ufana con la palabra “récord” y vende la ilusión de que el país por fin ha cruzado el umbral de la modernidad.

El otro Paraguay no aparece en las fotos oficiales, es el que se despierta cada mañana con el sabor amargo de la deuda, el que camina entre aulas sin materiales y hospitales que se ahogan en facturas impagas. Ese segundo país no grita; simplemente resiste, y cada tanto, cuando el hartazgo se vuelve insoportable, se declara en alguna huelga.

La huelga de los médicos no es un capricho de temporada. Es el eco de años de abandono sistemático, un abandono que no nació ayer ni es patrimonio exclusivo de un color político. Varios gobiernos sembraron la semilla de la indiferencia; pero este la ha regado con generosidad.

Mientras se anuncian logros “históricos”, las deudas en salud crecen como maleza en un jardín descuidado. Y cuando alguien propone aumentar impuestos para “resolver” el problema, la pregunta se impone con la fuerza de un golpe seco: ¿para qué vamos a cargar más peso sobre los hombros de la ciudadanía si el verdadero lastre no es la falta de recursos, sino la forma en que estos se administran?

Aumentar impuestos en estas condiciones no es un acto de responsabilidad fiscal. Es trasladar la factura de la mala administración al bolsillo del ciudadano común. Es decirle al paciente que espera un turno, al padre que espera que la escuela de su hijo no se caiga a pedazos: “Ustedes paguen la fiesta que nosotros organizamos mal”.

Es un gesto de arrogancia disfrazado de austeridad. Porque el problema no es que falte dinero; el problema es que el dinero que existe se esfuma en los laberintos de la corrupción, en las deudas que se multiplican, en los contratos que nadie audita y en las promesas que nadie cumple.

Este Gobierno, que tanto criticó al anterior por las deudas que dejó, ha terminado por convertir esa crítica en espejo. La deuda no se resolvió, pese a habérsele destinado fondos provenientes de bonos: se multiplicó. El que señaló con el dedo el desorden ajeno terminó bailando la misma música, solo que con más volumen.

Y mientras tanto, la población observa con creciente indignación cómo los abusos del poder se restregan en su cara con una desvergüenza que con anterioridad, al menos, se ocultaba detrás de un mínimo de pudor. Nunca antes se había exhibido con tanta crudeza la distancia entre el discurso y la realidad. Nunca antes la fachada había sido tan brillante y el interior tan oscuro.

Hay algo profundamente perverso en esta dualidad. Mientras se proclama que estamos en el mejor momento de la historia, las aulas se vacían de docentes y los hospitales se llenan de deudas. Mientras se habla de primer mundo, la gente de blanco debe salir a la calle a reclamar lo mínimo: condiciones dignas para trabajar y para vivir. El contraste no es solo estadístico; es moral. Es la diferencia entre un país que se maquilla para la foto y un país que se desangra en silencio.

La corrupción, que se denuncia, por ejemplo, como faltantes millonarios en instituciones públicas, y de cuya recuperación no se tiene noticias, no es un accidente del sistema: es su combustible. Y cuando esa corrupción se vuelve tan visible, tan insolente, tan impune, el aumento de impuestos deja de ser una propuesta técnica y se convierte en una confesión. Confesión de que el Estado no sabe –o no quiere– ordenar su propia casa, y prefiere que la ciudadanía pague el desorden. Confesión de que el poder ha perdido la vergüenza de mirar a los ojos a quienes mantiene en la precariedad mientras se enorgullece de cifras que solo existen en los comunicados oficiales.

Los profesionales de blanco no están pidiendo milagros. Están pidiendo que el Paraguay de las promesas se acerque, aunque sea un poco, al Paraguay de las aulas, de los hospitales y de las mesas familiares donde cada guaraní cuenta… ¡y cuesta!

Hay dos Paraguay. Uno se construye con discursos y el otro se sostiene con sacrificios. El primero es de cristal: brillante, frágil y vacío. El segundo es de tierra: duro, sufrido y vivo. Mientras el poder siga eligiendo el cristal, el pantano seguirá creciendo debajo. Y algún día, si el cristal se quiebra –porque todo cristal se quiebra–, no habrá discurso que pueda sostener el peso de lo que se negó a mirar.

La pregunta no es si se pueden aumentar los impuestos. La pregunta es si este país puede seguir permitiendo que se cobre a los de abajo el precio de la incompetencia y la corrupción de los de arriba. Mientras esa pregunta no tenga respuesta honesta, las huelgas no serán un episodio aislado. Serán el síntoma de un malestar que ya no se puede maquillar.