El exintendente, exministro y actual senador colorado Julio César Velázquez –el mismo que usurpó la presidencia de la Cámara Alta para que esta aprobara el irregular proyecto de enmienda constitucional en beneficio de Horacio Cartes– anuncia ahora que bajo ninguna circunstancia apoyará la candidatura presidencial del ministro de Hacienda Santiago Peña, promovida abiertamente por el jefe del Poder Ejecutivo. Aunque es probable que muy pronto cambie de postura por razones inconfesables, como lo hace con frecuencia, sus últimos dichos ya merecen comentario en la medida en que reflejan la deplorable noción de la política que tiene gran parte de la dirigencia colorada incubada durante la dictadura. Para este prototipo, la política se reduce a la lucha por la conquista del poder y ese poder debe ser ejercido. De modo que sería un fin en sí mismo: la cuestión es simplemente mandar. Siendo así, es innecesario saber qué se debe hacer desde el Estado por el país y tener condiciones personales para aplicarlo de acuerdo a la Constitución.
La amarga experiencia enseña a los paraguayos que los personajes de esta chatura intelectual, aparte de satisfacer su vana ambición de sentirse importantes, se sirven de la política para echar mano a los fondos públicos y percibir prebendas, en beneficio propio y en el de sus capangas, tanto desde el Gobierno como desde el Congreso. Se enriquecen, por ejemplo, tomando por asalto la Dirección Nacional de Aduanas para recibir maletines, los ministerios para sobrefacturar obras públicas y la compra de bienes, el Indert para pagar dos veces por los pozos encargados a ONGs ficticias, o las entidades binacionales para ser sobornadas por los grandes socios. También lucran conquistando un escaño para vender su voto, dedicarse al tráfico de influencias y sancionar leyes de pensiones graciables o una que permita crear universidades para estafar a los jóvenes. Y no hay que olvidar a las gobernaciones y a las municipalidades, donde también es posible llenarse los bolsillos mediante las licitaciones públicas y los fondos del Fonacide, entre otras de las más comunes formas de robar que tienen los políticos que pensando así llegan al candelero.
La “actividad” política concebida como un camino a la riqueza resulta sumamente provechosa. Si hace falta una elevada inversión inicial, esta puede ser solventada con el dinero sucio que puede obtenerse de un narcotraficante o de otro político que lo tenga en negro en abundancia, y que se devolverá no solo en billetes sino también en forma de votos a favor. Que la política debe apuntar a promover el bienestar de la población, está muy lejos del horizonte moral de quienes movilizan a sus correligionarios con el color y la polca, y les hacen creer que tienen el poder, aunque los pobres estén sumidos en la miseria y la ignorancia justamente por culpa de esos correligionarios embusteros. A estos no les interesa que las políticas sean correctas o no, ni que quienes las ejecuten sean idóneos y honestos. Lo que les preocupa es que sea uno de ellos quien maneje el presupuesto ministerial, sin más título que un añejo carnet partidario.
El legislador Velázquez se imagina un escenario apocalíptico: “¿Qué va a hacer el partido si Peña, Dios quiera que no, es ungido presidente de la República y designa a cinco ministros liberales?” No le interesa en absoluto que estos sean capaces y honestos, ni que vayan a aplicar medidas convenientes para el bien común. Lo que le quita el sueño es que en tal caso los politicastros no tendrían el poder, tal como él lo entiende. Piensa –según su anacrónica concepción de la política– que el Estado debe ser un botín del partido que ganó las elecciones, así que la ANR debe desde ya ponerse en guardia ante la atroz eventualidad mencionada. Peor aún, en opinión de este dinosaurio político se podría repetir la historia de que el partido sea inficionado desde la oposición y eso determine su caída.
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En realidad, el Partido Colorado está inficionado desde hace décadas, y no desde la oposición, sino desde sus propias filas, por la voracidad y la ineptitud de dirigentes como este desfachatado que se alzan con un cargo público. En verdad, su caída sería para ellos toda una catástrofe, porque perderían poder y terminarían sus ingresos ilícitos.
El susodicho terminó sus declaraciones anunciando que presentará su propia lista para el Senado y otros cargos electivos, confiando en que conquistará una banca encabezando una “lista sábana”. La noticia no resulta sorprendente, dado que la desvergüenza es otro de los atributos de nuestros politicastros, nada conscientes de sus limitaciones morales e intelectuales. La ciudadanía no puede esperar nada bueno de candidatos como este, que tienen una trayectoria zigzagueante repudiable y siguen haciendo gala de un sectarismo a toda prueba. Al contrario, elegirlos serviría solo para continuar manteniendo al Paraguay en el atraso del cual ellos mismos son responsables.
Hay que agradecerle al senador Velázquez que haya dado ocasión para que los ciudadanos se den cuenta, una vez más, de que el país no debe seguir en manos de inescrupulosos como él que hacen uso y abuso de la función pública para lucrar con ella.
Es de esperar que los ciudadanos y las ciudadanas decentes, la opinión pública paraguaya, compuesta hoy por una mayoría de jóvenes con o sin partido, que están hartos de que políticos impresentables como el senador Julio César Velázquez se vuelvan multimillonarios mientras ellos están sin empleo, les nieguen su voto en las próximas elecciones.