Se recuerda en la fecha el sesquicentenario de la heroica batalla de Curupayty, librada durante la guerra que el Paraguay soportó en contra de una Triple Alianza inicua y malvada.
El rechazo del asalto enemigo al fuerte de Curupayty el 22 de setiembre de 1866 fue una verdadera hazaña de heroísmo del pueblo y el soldado paraguayos, en lucha desigual contra ejércitos bien pertrechados de Brasil, Argentina y Uruguay, en la que, a pesar de la inferioridad numérica, el ejército nacional, comandado por el valiente general José Eduvigis Díaz, demostró que el patriotismo es capaz de vencer todo tipo de obstáculos cuando existen valores y principios inmarcesibles puestos al servicio de la patria.
Curupayty fue una de las tantas epopeyas en las cuales se pusieron de manifiesto el coraje, la bravura y la lealtad de nuestros soldados, a quienes no inspiraba otro interés que el amor a la patria. Estos valores fueron más que suficientes para vencer, con cinco mil hombres, a un ejército aliado de veinticinco mil soldados.
En otras batallas de la misma guerra –que tuvo la intención real de exterminar a nuestro país–, el ejército paraguayo, en un tramo integrado inclusive ya por niños sin instrucción militar ni armamentos adecuados, supo mantener en alto la gloria y la entereza de un pueblo que prefirió inmolarse antes que sucumbir frente a las fuerzas aliadas y su dominio indigno.
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A ciento cincuenta años de aquella heroica gesta constatamos con tristeza el sacrificio casi estéril de aquellos compatriotas, muchos de los cuales quedaron para siempre en la tierra fangosa del Ñeembucú, mientras otros fallecieron después por efectos de graves lesiones, como el propio artífice de la victoria, el general José Eduvigis Díaz, que, alcanzado por una bala de cañón, murió a los pocos días.
Ellos tuvieron coraje y una alta moral, justo los valores que hoy, en la paz, deberían poseer nuestros dirigentes políticos para impulsar la prosperidad de nuestra patria, de modo que cada hogar paraguayo sea refugio de una vida digna, sin la zozobra de la precariedad y la miseria que azota al diez por ciento de la población, a pesar de la abundancia de recursos generosos que pueden permitirnos estar a la altura de las naciones desarrolladas de América.
Lamentablemente, a través del tiempo, la codicia, la intolerancia y la mezquindad de las élites corruptas dejaron de lado los ideales de una patria libre y próspera que soñaron los patriotas de verdad, para instalar en cambio gobiernos que más parecen pandillas ávidas de riqueza fácil, sin otra ambición que rapiñar los fondos públicos, sepultando los principios que aquellos bravos guerreros dejaron como herencia.
No son los actos huecos de evocación de las batallas y sus héroes, ni el canto del himno en los actos oficiales, ni el hecho de enarbolar la bandera los gestos que marcarán nuestro grado de patriotismo, sino el ejercicio responsable de la libertad, el esfuerzo creador y el desempeño honesto en la función pública.
Frente al cuadro sombrío de deshonestidad en la administración del Estado, de abulia ciudadana y de cierto resentimiento social motivado por una gestión irresponsable y populista de los gobernantes, se impone que las nuevas generaciones emprendan una verdadera cruzada cívica y democrática por la recuperación de los valores e ideales que guiaron a los héroes de la patria a entregar sus vidas.
Con el latrocinio y la impunidad, con la deficiente educación y alimentación de nuestros niños y jóvenes, y con la indignante pobreza en un país rico, no estamos honrando la memoria de las valientes tropas del general José Eduvigis Díaz en Curupayty. Por el contrario, la estamos denigrando y desprestigiando con cada acto de cobardía cívica o con cada compatriota que aún permanece sin saber leer ni escribir, va a la cama sin haberse alimentado, busca trabajo y no lo encuentra, o es asaltado en la esquina de su casa.
Nuestro verdadero patriotismo debe demostrarse rebelándonos contra la indignante corrupción de hoy, denunciando a los ladrones públicos, persiguiéndolos con nuestro rechazo hasta que se los encierre en la cárcel, así como desechando a los “hombres escombros” que cínicamente proclaman en sus discursos evocativos la valentía de nuestros héroes, mientras con su deshonestidad en la función pública demuestran ser verdaderos traidores de la patria. A todos ellos debemos repeler de la misma manera en que los soldados de Curupayty enfrentaron a los enemigos. Es la mejor forma de honrar la memoria de los valientes de aquella batalla.