Llevan humanos, no animales

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Sentimientos encontrados que van del dolor al terror...Las secuelas que dejan los buses chatarra y la irresponsabilidad de los empresarios del transporte golpean duramente a los lisiados de cada accidente.

Sentimientos encontrados que van del dolor al terror... Las secuelas que dejan los buses chatarra y la irresponsabilidad de los empresarios del transporte golpean duramente a los lisiados de cada accidente. Pero lo peor es el abandono. Sixto Raúl González Cáceres (30) perdió un brazo en el 2010. Le costó superar y ahora se recibió de abogado, pero sigue buscando justicia.

Seis meses después del accidente en el que perdiera el brazo el 20 de noviembre de 2010, Sixto González estaba tomando tereré con su hermano en el corredor de su casa. Un alonsito revoloteaba sobre la vereda, pero no le hizo caso. Luego dio vueltas a unos metros de él y se posó sobre el portón: “Allí me di cuenta de que no tenía una pata, pero igual saltaba, picoteaba, se paraba en un pie y volaba. Mi hermano me dijo que aquello era un mensaje para mí”.

Lo tomó como fortaleza para superarse y salir del atolladero. Se dio cuenta de que los inconvenientes y limitaciones no impiden alcanzar las metas. Se propuso superar las secuelas y decidió retomar sus estudios y hacer de nuevo su vida. Hoy es flamante abogado.

–¿Cómo ocurrió el accidente?

–Era sábado cerca de las 23:00 y yo volvía de la casa de mi exnovia. Era pasajero en el bus de la empresa “3 de Febrero” de Itá que estaba a las carreras con otro de “La Villetana”. El chofer iba hablando por celular. Al llegar a la Avda. Avelino Martínez sale al paso un automóvil y, con la velocidad que traía el colectivo, el chofer hizo un gesto para esquivar y volcamos sobre el lado izquierdo. Yo estaba hacia ese lado y, en el intento de buscar sostenerme, mi brazo izquierdo salió por la ventanilla y todo el peso del colectivo se me fue encima. Nos deslizamos unos cien metros.

–¿Cuándo te diste cuenta de que perdiste el brazo?

–Había mucho polvo y oscuridad. Al intentar apoyarme para levantarme, el brazo no me respondió y vi que solo quedaba colgando de la piel. Me arrastré e impulsé con mi cuerpo tratando de salir del colectivo, porque me estaba desangrando. Caminé hacia el fondo y los que bajaron antes ya habían roto las ventanillas. Pasé por encima de una persona tendida y salté. Unos pasos más y me sentía desvanecer por la sangre que perdía. Me senté y cuando se acercó alguien a auxiliarme, le pedí que me hiciera un torniquete con el cinto que llevaba puesto para detener la hemorragia. Eso me salvó la vida.

–¿Cómo te acordaste del torniquete y el cinto?

–Instinto de supervivencia seguramente. Estaba en shock, pero consciente.

–Tu vida cambió allí.

–Estaba en el cuarto año de Derecho y era época de exámenes. No pude rendir. Estuve 15 días en el hospital y en las curaciones me ayudó una vecina que es enfermera y se iba a casa. Llevo una prótesis solo por estética, pero más o menos puedo manejar porque tengo intacto el codo. Hoy día existen prótesis electrónicas y si se conectan con los nervios por sensores logran movilidad. Cuestan 50.000 dólares.

–Dicen que el brazo perdido igual se siente...

–Sí. Es lo que se llama “brazo fantasma”. Son los nervios que saben que existía ese brazo. Tengo aún dolores y puntadas, como agujas calientes que me clavan cada tanto en el hueso.

–¿Cómo te recuperaste?

–Muchos amigos me visitaron y alentaron. Mi familia me dio fortaleza espiritual y no me demostraba el dolor que sentían. Todo mi curso un día fue a visitarme y eso me hizo llorar. Hice un tratamiento sicológico de tres meses. Perdí un año de estudios y luego retomé.

–¿La empresa te ayudó?

–Al día siguiente del accidente el gerente fue al hospital. Intentamos un arreglo extrajudicial, pero ellos pusieron excusas. Nos tuvieron así un tiempo, que atendían, no atendían... Entonces decidimos ir a la justicia. El caso está en primera instancia en el juzgado de San Lorenzo a cargo de la jueza Blanca Rojas. Ni siquiera comenzó el juicio porque la empresa y el chofer presentaron excepciones que tienen que resolverse antes. Son tres mis demandados: la empresa, el conductor del ómnibus y el chofer del automóvil que estaba ebrio. Este último fue declarado en rebeldía porque siquiera respondió el juicio. El seguro me dio una insignificante suma de 42 millones de guaraníes, de los cuales me descontaron casi G. 5 millones por los medicamentos. Me sobraron 37 millones con los que pagué el estudio sicológico y fisioterapia. Un matrimonio amigo me ayudó con la prótesis que se trajo de Alemania.

–¿Te hiciste religioso?

–Tenía un conflicto espiritual antes del accidente, como les pasa a todos los jóvenes que preguntamos el porqué de las cosas. Luego de mi accidente se presentaron muchas situaciones que me fortalecieron y dieron señales como la del alonsito sin pie...

–Hace poco te casaste...

–Nos casamos el 6 de julio de 2013. Al principio me costaba acercarme a las personas porque tenía miedo y una especie de vergüenza. Todavía tengo pesadillas y me revuelvo de noche. Cuesta bastante. En la calle, la gente te hace sentir con la mirada y tratás de descifrar lo que piensa: si te culpan pensando que fue en moto o si estabas tomado; o empiezan a sentir lástima. Con el tiempo y el apoyo de la familia logras superar. Un vecino que tiene una discapacidad de nacimiento en el brazo también me ayudó muchísimo con su ejemplo.

–¿Volviste a subir a un ómnibus?

–Después de muchísimo tiempo me animé. Me costó, más que nada por los conductores inconscientes que no están preparados. Manejan a lo loco. Cuando empiezan a acelerar mucho ya me desespera. Ahora, por suerte, mi esposa tiene auto y no usamos tanto colectivo.

–¿Qué lección das?

–Quiero dejar un mensaje a las víctimas de que no tienen que deprimirse, que no todo termina allí, sino deben continuar, no por ellos mismos, sino por sus familias y por las personas que les rodean. Uno tiene que detenerse a pensar y ponerse metas. A los señores transportistas, que se concienticen más y hagan empatía con los usuarios. Que dejen de pensar en sus bolsillos y pongan en condiciones sus unidades. Así también que pongan choferes capacitados al mando de los buses. No están llevando animales ni ganado, están llevando seres humanos. Cada uno quiere llegar sano y salvo a su casa o a su trabajo para compartir con su familia.

Próxima nota: Otra víctima con diez operaciones.

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