“La calle siempre estaba llena de gente famosa. Por aquí pasaban los integrantes del dúo Vargas-Saldívar y el dúo Quintana-Escalante que iban a actuar en el Restaurante La Calandria y más adelante en el Royal Park”, recuerda Celmira Bogado Duarte (67), quien llegó al barrio muy niña y creció allí.
En La Calandria actuaron grandes artistas, entre quienes se cuentan a Luis Alberto del Paraná, Palito Ortega, Leonardo Fabio, Raphael, Marizza, el trío Los Kyrios y Chingola Irala. “Tenía las noches asuncenas más prestigiosas y concurridas de la época. Los sábados siempre había fiesta y luego de cenar íbamos a bailar en el Lisiado, detrás del hospital. Otros iban a amanecer en el bar de Panuncio”, apunta.
Su hermano, Leoncio Loeblin Duarte (72), también se crió y creció en la zona, pero a los 23 años emigró a Uruguay donde trabajó en una de las mayores fábricas de calzados que se exportaban a los Estados Unidos. Ya jubilado, vino a visitar a sus parientes y a recrear cómo era el barrio de su infancia, el que llamaban Pinozá, pero luego convertido en barrio General Bernardino Caballero.
“De niño jugábamos balitas sobre el suelo rojo de la calle, donde hacíamos el hoyo. En mi juventud jugaba básquet en el Club Guaraní, que se fundó en 1902”, menciona al recordar también que entre tantos deportistas y artistas que desfilaban por el lugar también estaban las burreras del Mercado 4. “Claro, venían ofreciendo churas sobre sus borricos y luego iban hacia Tablada, a veces venían de hacia allí, pero hacían una vuelta completa entre las mataderías y el mercado”, agrega doña Celmi, dándole la razón.
El agua traían de un pozo artesiano ubicado en las inmediaciones. Era una aguatería de una pareja española que no dejó descendencia.
El espíritu aldeano y pueblerino de entonces cambió cuando la avenida General Santos se empedró, más o menos hacia 1957, y también cuando se construyó e inauguró el tanque de la Corporación de Obras Sanitarias (Corposana), sobre una gran laguna hacia 1963.
Otro signo de progreso del barrio fue la aparición de una línea de ómnibus cuya parada se instaló en Eusebio Ayala y General Santos. Le decían “Mercedita”, porque eran buses pequeños Mercedes Benz, de propiedad de la ANDE y cubrían el trayecto desde ese punto hasta la calle Colón, en el centro de Asunción.
Orgullo pinoceño
Rubén Rojas Flores, alias “Pireca”, tiene 64 años y nació en el barrio. “Soy hijo criollo de Pinozá, aunque nos cambiaron el nombre del barrio por el de Bernardino Caballero”, afirma con un dejo de disgusto por el cambio.
Su padre era el zapatero más famoso de la época, don Félix Rojas, quien de día tenía su taller de calzados y por las noches se dedicaba a llevar serenatas adonde le contrataban en su carácter de músico. “Nunca cobraba, pero chupaba. Le decían Félix Japú, porque su debilidad eran los casos ñemombe’u y los chistes. La casa estaba siempre llena de músicos y bohemios y le decían la chanchitería”.
La infancia de Rubén, al igual que los demás vecinos, transcurrió en torno a la Laguna Pytá, donde hoy se levanta el Centro de Emergencias Médicas. “La laguna era un paraíso, una atracción natural, no solo para los del barrio Pinozá, sino para toda Asunción”, comenta.
En la laguna hasta había un barquito que se podía alquilar y dar un paseo, especialmente en horas de la tarde cuando una bandada de vyraús se posaban sobre unos cuantos árboles añosos. “Nos bañábamos muy poco en esa agua turbia, porque era realmente roja y si nos metíamos salíamos con la espalda llena de ysopés. Cuando llovía se inundaba todo y el barrio se llenaba de agua, pero las ranas armaban un concierto, una verdadera sinfónica”, recuerda.
La laguna era muy querida por los pobladores. A veces amanecían sin dormir en el ajetreo de protegerse del raudal, aunque rápidamente se escurría por los zanjones de la calle Aca Verá que conducían el agua hacia el arroyo Ferreira, luego de cruzar la Avda. Eusebio Ayala.
“Era un profundo zanjón que tenía unos puentes de madera colgantes. Yo tenía un tío muy borrachín que tardaba un hora en cruzar la cuadra a través del puente que se bamboleaba con él, mientras el agua se descargaba intensamente y con toda la fuerza tras las lluvias. Era una odisea cruzarlo”, menciona.
Pero, la laguna, que ocupaba una cuadra entera, quedó para el recuerdo cuando se decidió rellenarla para construir el Hospital Militar en 1958. En principio el edificio quedó desocupado durante años porque decían que se hundía, precisamente por el terreno donde fue construido.
Lo que hoy es el barrio Bernardino Caballero en el sector desmembrado de Pinozá era un enorme terreno de 19 hectáreas entre Mariscal López y Eusebio Ayala sobre General Santos, propiedad de los Pecci Gasparini, que fue donada al Estado y luego transferida a la Municipalidad de Asunción durante el gobierno de Higinio Morínigo. Luego se fue ocupando con las familias que iban llegando.
“Yo tenía diez años y el intendente César Gagliardone era un hombre elegante que siempre andaba con un traje blanco, pero era muy autoritario. Lo primero que hizo fue ensanchar la Avda. General Santos y para ello se tuvo que indemnizar a mucha gente y trasladarlas al barrio Villa Victoria, luego barrio Stroessner y hoy San Pablo”, relata Rubén Rojas.
También cuenta que aquel ensanche fue muy discutido y hasta resistido, pues el intendente no escuchaba a los pobladores. Entonces, fue cuando el padre Talavera se puso frente a las máquinas para defender a los vecinos. Se formó una comisión y se hizo de forma más ordenada el traslado para la construcción del hospital.
El edificio dividió el barrio en dos, un sector al que llamaron “Mundo Aparte” y otro barrio Virgen del Carmen.
En la Avda. Eusebio Ayala se iba consolidando el perfil comercial que fue reemplazando el espíritu netamente bohemio. La heladería Guaraní, el cine Avenida y el Cine Teatro España eran los lugares más concurridos, aunque ya en los linderos de Ciudad Nueva.
Otro gran progreso fue el viaducto de General Santos y Eusebio Ayala. Lo había construido el intendente Guido Kunzle, que finalmente no le gustó al entonces dictador Alfredo Stroessner, quien no asistió a la inauguración y destituyó al intendente.
A decir de Rubén Rojas: “De Pinozá salieron grandes monstruos del fútbol y la música. Excelentes cantantes. Perla vivió aquí y con el grupo Las Maravillas también venía a cantar al Royal Park. Pinozá era el único barrio donde la gente se reunía los sábados de noche con buena música y parrillada completa. Luego dormíamos con la puerta abierta, sin que la vida nos preocupara”.
