Hay suegras maravillosas. Aquellas que aceptan a la esposa del hijo como a la descendencia que no tuvieron. Aman con amor verdadero, incondicional, explica la doctora Estela Flores, psicóloga transaccional, quien hace una definición acerca de los tipos de suegras, y sus características, deteniéndose con énfasis en la descripción de aquellas molestas y pesadas, cuyo comportamiento inspira a los creadores de chistes.
En las clásicas historietas chilenas Condorito (de Pepo), doña “Tremebunda” –mamá de Yayita– siempre hace de las suyas contra el “yerno”, es plagueona, grita a su marido (don Cuasimodo), quien se sorprende cuando ella ríe, pues casi no lo hace. El “drama” vende. Y estos chistes son sumpáticos cuando sus hechos suceden a los otros.
Desde luego, hay suegras que viven su vida y dejan vivir; ejecutivas, no se meten en nada y son excelentes, mamás, compañeras, positivas, auténticas, define la entrevistada.
Indeseables
Hablemos desde la mirada femenina en referencia a la suegra, cuando ella es la mamá de nuestro amor. Desde esta óptica nos referimos a partir de este punto acerca de otro tipo de suegra, aquella verdaderamente indeseable. Crió a su hijo para sí. Es manipuladora.
Ninguna mujer le parece digna de su hijo, y actúa como cuña para separar a la pareja. Encubre su egoísmo bajo el velo de un amor celoso y posesivo, que excluye a cualquier persona que se interponga entre ella y él.
Remarca Estela que ese supuesto amor es una deformación grotesca de la necesidad de ternura, contacto físico y afecto que siente la mujer frustrada en su relación con el padre de ese hijo. “Es como si transfiriera el papel que le correspondería al padre, y que quiere que el hijo cumpla”. Muchas veces –detalla– vive intensamente preocupada por su propia supervivencia, y como es manipuladora, utiliza frases como “sos todo en mi vida”, “me pertenecés”, “qué haría yo sin vos”, “esa mujer no te conviene”, “madre tenés una sola, mujeres hay muchas”, “yo te di la vida y me pertenecés”, “por eso primero estoy yo”.
Entonces se convierte en una verdadera perseguidora, porque entiende que el amor para ellas se expresa de una manera celosa y posesiva.
–¿Esas actitudes tienen algo que ver con el incesto?
–Sí. Antes se denominaba incesto a aquella relación de padre a hija o de madre a hijo, cuando se daba una sexualidad con penetración, involucrando lazos de sangre. Hoy se considera incesto aunque no haya lazos de sangre, por ejemplo en una relación con el padrastro, y aunque no haya penetración, porque hay una seducción y una persecución tal como sería en una pareja de hombre y mujer.
Pertenencia
–¿Cuáles comportamientos afloran?
–En este caso, la madre se obsesiona con el hijo, y siente unos celos insanos de los amigos y pretendientes, o amigas del hijo. Es probable que llegue a golpear, insultar al hijo, para hacerle entender que primero pertenece a su madre, y después a otros.
–¿Percibe que está dañando?
–A veces es inconsciente, y otras veces no reconoce que es un atropello a la dignidad y al derecho al crecimiento que tiene el hijo. Una chica cuenta: “Cada vez que salía de noche ella (su madre) me esperaba levantada, y cuando volvía, me sometía a un interrogatorio interminable: con quién salía, qué hacía con él, si le dejaba que me tocara, si le permitía que me metiera la lengua en la boca. Si llegaba a sorprenderme despidiéndome con un beso, salía de la casa insultándome, y a él lo hacía huir espantado”. Ellas (las mamás) creen que hacen lo correcto, piensan que corrigen, y con derecho, porque son las madres.
Traición
–¿Cómo influye este modo de tratar?
–Ese tipo de trato que dan los padres a su hija crea profundos traumas en la víctima y le impide mantener buenas relaciones de pareja, ya que siente que al elegir, o convivir con alguien, está traicionando y comete una deslealtad e incluso un abandono a su madre o padre. Siente como “si les pusiera los cuernos”.
–¿Pueden resolverse estos problemas?
–Una terapia es necesaria; probablemente, la mujer la aceptará para vivir mejor, y dejar de ser la víctima de la suegra, quien quizá no acepte una terapia para el cambio, pues la culpa que produce su comportamiento es descargada en el hijo o la nuera. Generalmente, ella carece de sentimientos de culpabilidad por la mala relación que existente.
Tremebundas
Luego de esta detenida mirada a las suegras “indomables”, es más que pertinente evaluar cómo somos nosotras en el rol de madres, y de qué forma educamos a nuestros hijos, sin olvidar sus y nuestros sentimientos.
No nos convirtamos en suegras tormentosas, que asfixian a sus hijos y aplastan a toda futura nuera que intente acercarse. Y si ello ocurriera, realicemos una observación a nuestra actitud, acudiendo a quienes puedan asesorar con tino. Evitemos nosotras ser “Tremebundas”.
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