Soldado chaqueño
Cabellos blancos, bien delineados, surcos en el rostro y unos ojos hundidos tras los lentes, que sin embargo no han perdido la vivacidad. Un reloj digital de plástico negro en su angosta muñeca contrasta graciosamente con sus canas. A sus 93 años, Juan Simón Villalba, aún puede recordar lo que vivió cuando el país estaba en plena contienda bélica.
Desde la silla en la que estaba sentado, fija la mirada en el monumento al soldado desconocido de esta plaza, que parece servirle como un trampolín hacia el pasado. Y el reloj mental del tiempo consigue la hazaña de dar marcha atrás, atravesar las décadas y llegar hasta 1932.
Pese al barullo generalizado, tras concluir el acto en la plaza que lleva el nombre del soldado paraguayo, con su hablar pausado nos dice: “La vida era muy triste, todo escaseaba, no había agua, no había nada. Todo era guerra. Vivíamos solamente esperando escuchar los cañonazos o que tocara la sirena, que era señal de que se había logrado algún triunfo”.
