Crisis o simple evidencia de realidad

Las consecuencias evidentes de la crisis política de agosto pasado han sido el aumento de la desconfianza en la gestión del Ejecutivo, el ostracismo de ciertos personajes y la reaparición de otros escondidos, además de una serie de eventos que nacieron fallidos o que tomaron ese rumbo muy pronto.

Tras el amago de su destitución por parte del Congreso, Abdo Benítez hizo anuncios y prometió cambios que no despertaron mucha expectativa y que de hecho no se produjeron, al menos de la relevancia que cabía esperar.

Tras el cimbronazo, el mandatario eligió exponerse en una entrevista televisiva, durante la cual su imagen quedó lejos de parecer la de un estadista.

Una propuesta que lanzó allí fue la de la enmienda de la Constitución para dar a las Fuerzas Armadas atribuciones en seguridad interna. Conste que en ese entonces no se habían producido aún algunos hechos inconcebibles, como el rescate de un jefe narco en la costanera asuncena ni el robo sangriento a un cajero, filmado con celulares.

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El planteo de militarizar la seguridad ciudadana mereció un rechazo generalizado de la clase política y de otros sectores. La mayoría lo entendió como una cuestión evidentemente distractiva, aprovechando su raíz polémica. A esta altura, la “gran propuesta” pasó seguramente al olvido, sabiendo que el destino probable que le espera en el Congreso es el archivo.

Otra idea post-crisis lanzada por el presidente del Senado, Blas Llano, y aceptada por Abdo Benítez tenía un nombre pomposo: “la Cumbre de Poderes”. Fue planteada casi como una asamblea de representantes de los diversos sectores políticos y sociales del país para hablar y proponer soluciones a los grandes problemas nacionales. Sin embargo, terminó con una reunión entre el primer mandatario, el presidente de la Corte y los presidentes de ambas cámaras del Congreso.

El único tema y acuerdo verbal fue que se comprometían a aprobar un presupuesto general de gastos 2020 equilibrado y racional. Es decir, una cuestión de sentido común.

Una derivación de la crisis que puso al borde del colapso al Ejecutivo fue también el alejamiento de los focos del vicepresidente de la República, Hugo Velázquez, quien hasta ese momento se había mostrado como el poder en las sombras (algunos decían que era el verdadero poder). Apareció fugazmente para intentar desmentir un quiebre con el Presidente, pero después, y hasta ahora, mantiene una tenaz invisibilidad pública. Ya ni cumple su rol constitucional de enlace, que tanto le gustaba.

La crisis devoró en sus inicios al excanciller Luis Castiglioni, quien se proyectaba a cargos de primer nivel y que ahora solo sobrevive políticamente. Ni que decir del exdirector de Itaipú José Alberto Alderete, un revivido político que ahora retornó a las sombras.

Quien recuperó algo de protagonismo fue el expresidente Horacio Cartes, en el papel de “salvador” de Abdo Benítez, aunque es dudoso que esta situación lo proyecte a algún espacio de poder político formal, más aún por el hecho de no poder aspirar a una nueva candidatura presidencial.

En las condiciones que existen y tomando en cuenta el carácter demostrado por el mandatario y su equipo de Gobierno, tal vez no cabía ni cabe esperar demasiado.

Es muy difícil que alguien cambie de actitud mágicamente y que se transforme en el Estadista que no demostró ser desde el principio.

A esta altura, cuesta responder a la pregunta de si ya salimos de la crisis política de agosto o si eso fue solamente un amago de destitución y el episodio del bochornoso acta de Itaipú realmente reflejó una situación ya instalada desde el principio con este Gobierno y que ahora continúa, sin visos de cambiar, al menos de manera institucional y ordenada.

mcaceres@abc.com.py

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