Recuerdos del Lucho Macchismo

El gobierno de Mario Abdo Benítez (2018-?) recuerda actualmente, en algunos aspectos, al de Luis Angel González Macchi (1999- 2003), guardando las distancias.

Aquel Gobierno de “Lucho” surgió de una grave crisis política por el asesinato del vicepresidente Argaña y el de 8 jóvenes en las plazas frente al Congreso que motivó la renuncia del entonces presidente Raúl Cubas Grau ante su inevitable destitución en un juicio político.

Fue un gobierno casi de emergencia, con un presidente no electo en comicios por la ciudadanía y al que, por tanto, no cabía a lo mejor reprocharle que no tuviese plan de gobierno ni equipo político ni casi idea de cómo gobernar el país.

En su Gabinete, había ministros que no eran de su partido, en un presunto intento de llevar adelante un gobierno “de unidad nacional” que nunca fue tal y que terminó en un gran desorden institucional y económico.

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Abdo Benítez surgió de una elección general que ganó por un margen nada amplio. Su mérito fue haberse impuesto antes en la interna al poderoso sector del entonces presidente Horacio Cartes.

Apenas inició su gestión se evidenció que no tenía un equipo sólido y que se respaldaba en “caciques” políticos de distintas carpas, entre quienes debió repartir espacios, es decir, cargos.

Antes de finalizar su primer año de gestión, con varias muestras de desorientación encima, una muy mala decisión en torno a las negociaciones con Brasil sobre Itaipú, tuvo el efecto de dinamitar la confianza de la opinión pública, además de dejar en evidencia la falta de tino y de inteligencia dentro de su administración.

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El Mandatario se vio obligado por las circunstancias a desprenderse, a modo de fusibles, de dirigentes muy cercanos a él que ocupaban altos cargos: José Alberto Alderete, director de Itaipú y Luis Castiglioni, canciller nacional a los que se sumarían luego Julio Ullón, jefe de Gabinete y Juan Ernesto Villamayor, ministro del Interior. Este último, pasó a reemplazar a Ullón, pero su cambio fue una muestra más de la crisis irresuelta.

A partir de ese momento, la administración abdista pareció entrar en una suerte de gobierno de emergencia, en el que se improvisaban decisiones, donde cundían la desconfianza y los rumores, en la que los errores se magnifican y motivan burlas y descalificaciones.

El sino de González Macchi fue el de durar mientras se sucedían desastres y episodios grotescos. El plan para reemplazarlo por Félix Argaña en el año 2000 falló al ser derrotado en la disputa electoral de la vicepresidencia por el liberal Julio César Franco.

La presencia de “Yoyito” en la línea directa de sucesión fue un blindaje para Lucho, ya que los colorados no estaban dispuestos a dejar al mando del país a un liberal. Al final del mandato, en 2003, con Yoyito ya renunciante, el senador Juan Carlos Galaverna, convertido en presidente del Senado tanteó la posibilidad de reemplazar a Lucho en sus últimos meses. Pero Nicanor Duarte Frutos, próximo a asumir el nuevo periodo presidencial, lo evitó, ya que no confiaba mucho en el locuaz senador colorado. Seguramente pensaba que, si llegaba a permitir que Calé se sentara en el sillón presidencial, encontraría la manera de quedarse más tiempo o, en el peor de los casos, dejase como legado una guerra internacional.

A Abdo Benítez también lo salva de una eventual destitución, la desconfianza hacia sus posibles sucesores. Su vicepresidente, Hugo Velázquez (actualmente desaparecido de la escena pública) tiene un halo de oscuridad respecto a sus movidas, en particular luego de su vinculación en los negocios de la venta de energía de Itaipú. El siguiente en la línea de sucesión es el presidente del Congreso, Blas Llano, del PLRA cuya filación política también actúa de escudo para el Mandatario.

El problema es que si en un futuro cercano su partido evalúa que el actual Mandatario pondrá en riesgo sus futuras chances electorales y si consiguen resolver la cuestión de la sucesión, tal vez Abdo ni siquiera logre lo que Lucho: terminar, aunque sea a los trompicones, su mandato.

mcaceres@abc.com.py

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