La moral masónica

El exministro de la Corte Suprema de Justicia, Raúl Torres Kirmser, fue expulsado de una Logia Masónica por “traidor y perjuro”. ¿Podría haber motivos más denigrantes que la traición y el falso juramento para castigar a alguien? En otras personas la pena sería humillante pero no para quien fuera titular de uno de los Poderes del Estado donde la prevaricación es un hecho cotidiano. La sanción duele, o no, según el nivel moral del sancionado.

El decreto de expulsión, firmado por el Soberano Gran Comendador de la Orden, Jorge A. Goldenberg, expresa que Raúl Torres “participó en reuniones en oficinas ilegales y espurias que pretenden establecerse como Supremo Consejo sin responder a las autoridades de la institución que es aceptada y reconocida por nuestro país”. O sea, estaba conspirando contra la entidad que le dio albergue.

Igualmente, el decreto señala que “al ser echado de la masonería, Torres Kirmser pierde todos sus grados dentro de la logia, y los derechos a los que accedía por lo mismo”. Asimismo “dispone que su expulsión sea denunciada a todas las oficinas de la orden en todo el mundo”.

En abril último, Raúl Torres dejó la Corte Suprema al llegar al límite de edad, 75 años, y se cobijó en los beneficios de una millonaria jubilación. ¿Decidió prestar su último servicio a la patria y quedarse en casa? No. Peleó y ganó el pleito para continuar como decano de la Facultad de Derecho. ¿Contento ya? No. Quería ser –y lo es– miembro del Consejo de la Magistratura gracias a los votos de los profesores que están a su cargo; profesores que hablan a los alumnos del valor de la moral y la justicia.

Ahora bien, la entidad masónica a la que perteneció Torres al parecer solo se preocupa del comportamiento de sus miembros –o como se llamen– dentro del cerrado círculo donde deben cumplir ciertos requisitos éticos. Fuera de ese espacio, los masones pueden hacer cuanto se le antojase. Si roban afuera, no importa. Adentro son modelos porque cumplen las disposiciones internas.

Y aquí está la cuestión.

Se sabe, se comenta, se murmura, que el Poder Judicial está minado de masones. Son estos hermanos, entre hermanos, los que cocinan las sentencias de acuerdo con los intereses de las logias. No importa que esos intereses, al parecer, vayan contra la Constitución Nacional, las leyes y la ética. “Salvemos al hermano” es la consigna que debe cumplirse. Es posible que ese “hermano” sea un devoto de la logia, que cumpla con todas las exigencias “doctrinarias”, un acabado ejemplo de sumisión, pero un sinvergüenza de marca mayor fuera del templo, en su vida cotidiana, familiar, profesional. Sobre todo, profesional si es fiscal, juez, camarista o ministro.

Pasa igual en lo político. ¿Cuántos colorados, liberales, y de otros partidos activan en la vida nacional como altos funcionarios, diputados, senadores, gobernadores, intendentes municipales, concejales, etc? ¿Por qué no ha de importarle a la logia a la que pertenecen los hechos delictivos que llegaren a cometer contra los intereses del país?

Solo para dar los últimos ejemplos ¿cuántos diputados colorados, de esos que entregan a la mafia el control del dinero para las campañas proselitistas, serían masones?

A Raúl Torres lo expulsaron por traidor y perjuro. ¿Es más grave la traición y el perjurio a una logia masónica que traicionar y jurar en falso ante el altar de la patria como lo hacen senadores y diputados?

Si los masones quieren limpiar su institución deben asomar la cabeza fuera del recinto donde se reúnen, para poder ver otras deslealtades y perjurios que dañan al país.

alcibiades@abc.com.py

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