Una herida que no cicatriza

La “cicatriz” que debieran tratar de cerrar los colorados no es la peleíta lamentable entre el presidente Mario Abdo Benítez y el expresidente Horacio Cartes, cuyos problemas, al fin y al cabo, se resumen en una cuestión de sobrevivencia política y de conveniencia mutua.

La herida que sigue abierta en nuestro país, por obra del centenario partido de Bernardino Caballero, es la que produjo la deleznable dictadura (1954-1989) que, hasta ahora, no mereció una autocrítica seria y menos un mea culpa por haber respaldado institucionalmente un régimen que perseguía, exiliaba, humillaba y mataba a paraguayos y paraguayas por el “delito” de pensar distinto.

La semana que pasó nos enteramos de que el gran objetivo del actual Mandatario paraguayo, hijo de alguien que fue del primer anillo del dictador, no es hacer un mejor gobierno que todos los anteriores de la época democrática, en todos sus aspectos: salud, educación, servicios, cultura, infraestructura, etc. No. Él quiere hacer más “obras” que Alfredo Stroessner.

La dificultad de Abdo Benítez parece ser la misma que la de la mayoría de los que le precedieron en el cargo: su incapacidad de separar el interés público del interés personal y grupal.

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Es evidente que al Presidente le encantaría reivindicar la dictadura y a su padre en particular, que formó parte de ella. Si no lo hizo ya es por un resto de sensatez que le hace ver que eso no le interesa a casi nadie en el país. Estamos en nuevos tiempos. Los jóvenes de ahora no conocieron aquel régimen pero la gran mayoría de ellos jamás permitiría que alguien con rótulo de autoridad intente decirles cómo deben pensar, cómo deben cortarse el cabello, qué deben leer y qué tienen prohibido hacer.

Cualquiera puede añorar la dictadura y creer que fue o sería feliz viviendo en ella, pero el tiempo y la historia de un país no pueden retroceder, como se enteró en su momento Lino Oviedo, uno que venía con intenciones fuera de época.

La democracia tiene sus limitaciones y no fue la solución mágica a todas las necesidades y expectativas de los paraguayos y paraguayas.

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Muchos de los problemas difíciles de superar que arrastramos son los que se heredaron de una sociedad autoritaria y conservadora y a los que, lamentablemente, los gobiernos que vinieron después no supieron dar respuesta.

El gran déficit democrático fue y es el de no haber aplicado políticas para superar las grandes desigualdades sociales que, en vez de achicarse, siguen creciendo. El resultado es que hay cada vez más algunas pocas personas y familias muy ricas y, en contrapartida, muchas personas cada vez más pobres.

Lastimosamente, en todo este tiempo –ya van 31 años del fin del régimen stronista– carecimos de estadistas inteligentes y patriotas que se atreviesen a ir más allá de mantener las cosas como están, con números macro-económicos que dijesen que el país crece, aunque sea sobre las cabezas de los más humildes y sin oportunidad.

El presidente del Senado, Blas Llano, dijo, tras mirar una película desde el asiento de un avión, que no quería llegar a que Paraguay sea como la Ciudad Gótica del Joker, en la que la gente salió a matar a los ricos, harta de la desigualdad y las mentiras.

Hubiera simplemente leído las noticias que llegan desde Chile o México, que son reales y más terribles que la película, para darse cuenta del peligro que significa el rumbo al que nos estamos dirigiendo.

Esa es la herida que se está ampliando, que está abierta desde el stronismo y que no se cerrará con pactos sobre candidaturas para asegurar el poder y la impunidad a quienes, en realidad, no saben, no pueden o no quieren que las cosas cambien en el Paraguay.

mcaceres@abc.com.py

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