Odios cainitas

Probablemente fueron más, pero en este momento me vienen a la memoria dos atentados mortales ordenados por Rafael Leónidas “Chapitas” Trujillo contra Rómulo Betancourt, a quien había convertido en el peor de sus enemigos y, quien no le temía ni le respondía precisamente con serpentinas y confetis. Curiosa manera de calibrarse y respetarse, pero lo que en Rómulo era una profunda oposición de índole política, en “Chapitas” se trataba de odio cainita, odio puro, que a la larga le enredó el juego y lo perdió. ¿De dónde venía el epíteto denigrante “Chapitas”? Simplemente del hábito ampliamente difundido en dictadores militares de adornar el pecho de su uniforme de generalísimo con medallas y condecoraciones que tintineaban como chapas de gaseosas. Juraría que el tirano dominicano atribuiría a Rómulo la autoría de esa chanza irrespetuosa.

El primero de esos atentados fue en Puerto Rico, un bellaco fracasó en el intento de inyectarle a Betancourt una sustancia letal, pero el segundo fue en Caracas, el 24 de junio de 1960, siendo el fundador de AD recién juramentado presidente de la República. Decidido a no fallar otra vez, “Chapitas” puso la operación en manos del siniestro Johnny Abbes García y supervisó personalmente cada detalle, de modo que el atentado cobró la vida del Jefe de la Casa Militar del nuevo presidente venezolano, a un estudiante, y causó quemaduras de primer y segundo grado a Betancourt, al ministro de la Defensa, a su esposa y al chofer del vehículo. Casi lo mató y lo que faltó para que así ocurriera es que los ejecutores no eran criminales tan obsesivos como el generalísimo; les pareció excesiva e innecesaria la enorme carga explosiva que expresamente exigió aquél y la rebajaron un poco. Técnicamente tendrían razón, pero el hecho es que ese detalle –quizás– salvó la vida de Rómulo Betancourt.

Con su agudo instinto político y sus manos totalmente vendadas, el presidente ordenó una rueda de prensa y en ella pidió a amigos y enemigos volver al Espíritu del 23 de enero, vale decir, a la extraordinaria Unidad Nacional que derrocó la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez.

¿Qué quiso decir al invocar semejante espíritu? Se estaba refiriendo a la Unidad, la única posible, para lograr el triunfo de la causa democrática en el sentido de que no se trataba de una simple suma de factores políticos, civiles, militares, sino a un espíritu que decuplicaba la fuerza material transformándola en una energía incontenible dirigida a vencer, y solo a vencer. El Pacto de Punto Fijo había contemplado sabiamente ese espíritu en una cláusula llamada de constitucionalidad, según la cual todos defenderían sus banderas y ejercerían la legítima oposición contra el gobierno democrático de turno, pero todos se obligaban a deponer condenas y a acuerparse alrededor del presidente y de la Constitución cuando se atentara contra ellos. En esencia, contra la Carta Magna y el presidente emanado del voto popular, nada era válido, todo debía supeditarse a la suprema causa democrática. Ese mandato ordenado por la sensatez y la experiencia consolidó la estabilidad democrática durante 40 años.

El espíritu del 23 de enero se tradujo en la más sana y consistente convivencia ciudadana. Cuando un aliado de la Unidad era agredido, se consideraba un deber irrenunciable protegerlo y rechazar cualquier sombra anti-unitaria.

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Comparemos aquello con esto. Si la Unidad se ha preservado a medias, si la democracia venezolana no emanara solo de la suma de partidos y grupos, sino que abarcara el amplio horizonte del espíritu citado por Betancourt en momentos de extrema peligrosidad, no seríamos víctimas hoy de este festival de exacerbadas contradicciones y mezquinas luchas por el liderazgo que en forma tan suicida convierten diferencias en trágicas negaciones recíprocas e impiden acuerdos obvios, fáciles de allanar si no mediara una soterrada lucha por imponer opiniones cerradas para siempre al necesario acuerdo que salvaría al país. Fórmulas extremas, visiones sectarias, incapacidad manifiesta para acercar opiniones y, sobre todo, no entender que la unidad, la muchas veces probada unidad, es la premisa para alcanzar el triunfo de una causa histórica.

En Angostura se materializó en cuerpo y alma el entendimiento entre facciones que terminaron de aceptar la profunda racionalidad envuelta en el discurso de El Libertador el 15 de febrero de 1819, a partir del cual la emancipación quedaría grabada en el corazón de los hispanoamericanos como mandato bíblico.

Después de los entendimientos de Curazao y Saint Martin, las dispersas fuerzas liberales se convirtieron en una oleada avasallante que unió a Venezuela bajo las banderas de la Federación.

Después del 14 de febrero de 1936, con el Programa del presidente López Contreras, se acortó la marcha hacia la plenitud democrática, con la Constitución de 1947 y la luminosa victoria, por el voto universal, directo y secreto, de Rómulo Gallegos, desgraciadamente abortada por el golpe militar del 24 de noviembre de 1948.

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Cada vez que la Unidad Nacional, sin exclusiones, alumbró una gran causa histórica la victoria fue inevitable. Es la lección del 23 de enero bajo el estandarte del espíritu que ayer triunfó y que hoy estamos obligados a hacerlo triunfar, ojalá para siempre. [©FIRMAS PRESS]

*@AmericoMartin

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