Aburrirse, un mal común

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Muchas personas constantemente se quejan de estar aburridas –posible antesala a la depresión–. El aburrimiento no respeta edad, abarca desde niños hasta jóvenes, edad mediana y ancianos. Es un estado en el que nada nos gusta o interesa, estamos metafóricamente muertos, no nos sentimos buenos para nada, no sabemos qué nos gusta, ni logramos conectarnos con algo o alguien que nos distraiga. Esto tiene que ver con lo individual: nuestro temperamento, cómo fue nuestra crianza, familia, y con lo social: nuestros amigos, en qué consiste la oferta en nuestro mercado sociocultural del entretenimiento.

La palabra aburrimiento, del latín, significa “sin horrorizarse”, es decir, no sentir nada. Esta sensación desesperante es muy común actualmente, vivimos llenos de ofertas de cosas, todo se provee y aún así algo siempre falta. Acumular ropa, comprarse el último celular, dedicarse a ganar más y más dinero, viajar sin sentirlo o buscar continuamente el contacto con los grupos, no garantiza el no aburrirse. Por difícil que sea de aceptar: el dinero no puede comprar la alegría como estado interior, solo algunas distracciones.

Generalmente, el sistema socioeconómico nos provee ideas masificadas de la diversión: reírse todo el tiempo, bailar mucho o estar con amigos es lo más explotado, son poses instaladas. La publicidad diseña y propaga su lucrativa solución contra esta sensación angustiante del siglo XXI. Muchos tienen que fingir estar divirtiéndose por una cuestión social, para no ser excluidos del grupo. Sentimos en carne propia, por ejemplo, cuando nos invitan a una fiesta, y una vez allí comprobamos que no tiene nada de tal, o también cuando compartimos forzadamente encuentros donde prima el bostezo.

La multiplicación de las bodegas, triste desarrollo económico, en nuestra ciudad supone una oferta de pasar el tiempo, aun cuando el alcoholismo siga creciendo en nuestro país. El mundo del aburrimiento, del vacío, de la nada es un campo fértil para vaciar los bolsillos y socavar las emociones. Nadie debe servirnos diversión repitiendo 3 o 4 opciones, nosotros, cada uno, debemos buscar calidad, algo que además de hacernos pasar el tiempo, nos construya.

Afortunadamente, todas las artes son fuente asegurada de entretenimiento y de mejoramiento personal. Por citar, quien haya aprendido a leer, jamás se cansará porque no alcanza la vida entera para deleitarnos con lo que nos han legado las grandes plumas, y quien no adquirió este hábito, siempre es bienvenido a la literatura. También los deportes nobles como nadar, andar en bici o caminar sirven para alejarnos de la abrumante monotonía.

Otro grave problema ligado a los aburridos es la falta de temas de conversación. Y aquí tenemos que evaluar de qué estamos llenos intelectual, emocional y espiritualmente, porque eso transmitiremos. Un aburrido siempre espera que el otro genere temas. La conversación amena (saber hablar y escuchar) es una de las curas más eficaces y económicas. Posiblemente conversar sea siempre el inicio a otras formas inteligentes para salir del tedio. “Conviene siempre esforzarse más en ser interesante que exacto, porque el espectador lo perdona todo, menos el sopor” (Voltaire).

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