Derechos de la familia

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La postmodernidad ha traído consigo comportamientos sociales que contribuyen fuertemente en la crisis de la familia. Cuando la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki junto con el terrible genocidio de Hitler contra los judíos cerraban la segunda guerra mundial, el existencialismo se convirtió en la filosofía nutriente del pensamiento y del sentimiento europeos. Volvíamos al “Carpe diem” de Horacio, a querer vivir lo mejor posible el presente, con el mayor placer posible, porque ya nadie tenía asegurado el futuro.

La postmodernidad anunciaba su entrada triunfal, la diosa razón no nos garantizaba nada, no podíamos confiar en ella, la razón se hizo profundamente irracional e inhumana, si la razón tenía estos frutos de la ciencia y la barbarie, ya no interesaba, lo que importaba era la sensibilidad y el placer inmediato e intenso: gozar hoy todo lo deseable y posible, porque no sabemos si viviremos mañana.
El matrimonio y la familia también quedaron afectados por la filosofía existencialista. Camus y Sartre llegaron a los hogares. Poco a poco el matrimonio y la familia se fueron desplazando de ser instituciones de la sociedad a ser casi exclusivamente oportunidades de placer y gozo. Si en el matrimonio y la familia no se vive el placer, con esta filosofía el matrimonio y la familia no tienen sentido, no valen la pena, pueden disolverse.


Pretender sustentar la identidad y misión del matrimonio y la familia solamente en el pilar de la afectividad gozosa, es reducirlos sustancialmente robándoles las responsabilidades trascendentales que caracterizan a ambas instituciones. Los derechos que la Constitución Nacional y las leyes le garantizan al matrimonio y a la familia se fundamentan sobre todo en las muchas, altísimas e insustituibles responsabilidades educativas, sociales, políticas, morales, religiosas y económicas que le corresponden.


La familia, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es el elemento natural y fundamental de la sociedad y por eso tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado. Los lazos principales que definen una familia son de dos tipos: vínculos de afinidad derivados del establecimiento de un vínculo reconocido socialmente, como el matrimonio —que, en algunas sociedades, solo permite la unión entre dos personas mientras que en otras es posible la poligamia—, y vínculos de consanguinidad, como la filiación entre padres e hijos o los lazos que se establecen entre los hermanos que descienden de un mismo padre. También puede diferenciarse la familia según el grado de parentesco entre sus miembros.
No hay consenso sobre la definición de la familia. Jurídicamente está definida por algunas leyes, y esta definición suele darse en función de lo que cada ley establece como matrimonio.
El artículo 49 de nuestra Constitución Nacional afirma: “La familia es el fundamento de la sociedad. Se promoverá y se garantizará su protección integral. Esta incluye a la unión estable del hombre y de la mujer, a los hijos y a la comunidad que se constituya con cualquiera de sus progenitores y de sus descendientes”..
La familia es el núcleo básico de la sociedad. Si desaparece la familia la sociedad queda radicalmente desintegrada. La familia genera la vida, la protege, la cuida y la desarrolla. La familia educa, introduce a los hijos en la sociedad y su cultura, capacita para la vida y el amor. En gran parte, el futuro depende de la familia. Si la familia decide no tener hijos, la sociedad tiene sus días contados, no tiene futuro. Si la familia no educa a los hijos en la introducción a la sociedad, en los valores, costumbres, estilo de convivencia de la sociedad, la sociedad difícilmente podrá construir ciudadanía y convivencia en paz.
Los derechos del matrimonio y la familia no se fundamentan en el vínculo afectivo que hay entre sus miembros, el verdadero fundamento, por el que se justifican todos los derechos de los que son acreedores el matrimonio y la familia está en la misión plural y las diversas responsabilidades que les incumben y son intransferibles, empezando por la comunicación de la vida y la capacitación para vivirla en plenitud, que se da incluso en la pareja sin hijos, en el mutuo y recíproco darse que por el amor llena de sentido la vida y su entorno.