La satisfacción que produce en muchos el sufrimiento ajeno es el principal problema que se me ha planteado –y lo sigo planteándomelo– ante los “festejos” de los cien años del hundimiento del “Titanic”, el 15 de abril de 1912, después de chocar con un iceberg. 1517 personas perecieron en esa tragedia. He dicho “festejos”, ya que los actos recordatorios han tenido muy poco de conmemoración, de duelo, de respeto hacia aquellas víctimas que murieron ahogadas o congeladas en las gélidas aguas del océano, y sí mucho de espectáculo, como lo fue también aquella película dirigida por el norteamericano Cameron y galardonada con todos los premios Oscar posibles a una historia insulsa, gratuita, sentimentaloide, y un despliegue técnico sorprendente para describir de qué manera el gigantesco transatlántico se partió en dos antes de ser devorado por las aguas.
El naufragio del “Titanic” está lejos de ser el más dramático, ya que hubo peores tragedias en la larga historia marítima. Entre esas, figura el hundimiento del transatlántico alemán “Wilhelm Gustloff” torpedeado por un submarino soviético y que dejó, el 31 de enero de 1945, nueve mil víctimas. El “MS Goya”, barco hospital alemán que estaba haciendo labores de evacuación en el Báltico, el 2 de enero de 1945, fue torpedeado por un submarino soviético dejando 6.000 muertos, cifra que podría ser mucho mayor, ya que al llegar a 6.100 pasajeros, se dejó de llevar control. La mayoría eran mujeres y niños. El barco tardó nada más que siete minutos en irse a pique.
Casos dramáticos abundan, como es el galeón holandés “Batavia”, que naufragó después de chocar con unos arrecifes de coral, frente a la costa australiana en la noche del 3 al 4 de junio de 1629. De sus 341 tripulantes y pasajeros, cuarenta tuvieron la fortuna de morir en ese mismo momento. El resto se puso a salvo en una isla deshabitada en la que un ex boticario holandés, prófugo de la justicia, Jeronimus Cornelisz, estableció un régimen de terror indescriptible que motivó la ejecución por métodos crueles e inhumanos de los dos tercios de los supervivientes.
El rostro de satisfacción del militar napoleónico frente al hombre ahorcado está lejos de ser fruto de aquellas “pesadillas de la razón” de las que hablaba Goya, sino simplemente el reflejo de una realidad que entonces rodeaba al artista y la que nos rodea hoy a nosotros que, por causas que Susan Sontag no logra desentrañar, sino simplemente exponer, sentimos un morboso regodeo ante el dolor de los demás.