En el día del libro

El próximo jueves se recordará el Día Internacional del Libro y del Idioma en homenaje a Cervantes y a Shakespeare. Por el idioma, Cervantes nos toca muy de cerca. Y por Don Quijote, a igual que toda la dramaturgia de Shakespeare, a la humanidad en su conjunto.

Suele presentarse a Don Quijote y a su escudero, Sancho Panza, como dos figuras antagónicas: idealismo y materialismo. Para muchos estudiosos –Papini y Unamuno, entre ellos–, la contradicción no existe, pues el escudero es tan loco, soñador y extravagante como el amo, según se aprecia en muchos capítulos de la primera y segunda partes.

En el capítulo X, segunda parte, “Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos”, Don Quijote envía a Sancho a la ciudad del Toboso para dar con Dulcinea y rogarle una entrevista.

“–Anda, hijo –replicó Don Quijote– y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de la hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo!”.

Sancho le responde que se irá y volverá pronto “…si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de mi señora, ahora que es de día los pienso hallar, cuando menos lo piense, y hallados, déjenme a mí con ella”.

En la primera parte Sancho procuraba convencer a su amo del error de confundir gigantes, ejércitos, castillos, etc. con molinos, rebaños, posadas de mala muerte. Don Quijote responde que los malignos encantadores, envidiosos de su gloria, convierten lo elevado y lo bello en cosas vulgares.

En la tercera salida de Don Quijote, su escudero ya no intenta –salvo débilmente– persuadirle del error sino que, al revés, es Sancho quien alienta a su amo a sostener lo inexistente.

Camino a Toboso, dispuesto a cumplir el encargo de su señor, Sancho se apea de su jumento y se sienta a la sombra de un árbol donde comienza a hablar consigo mismo respondiendo a una imaginaria pregunta:

“–Pues ¿qué va a buscar? –Voy a buscar como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. –¿Y adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho?

– ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso –Y bien, ¿y de parte de quién la vais a buscar? –De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed, y de beber al que ha hambre…”.

En este diálogo interior –en el que trastoca el orden de las cosas– termina por reconocer que su amo “es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: Dime con quién andas, decirte he quién eres”.

Como Don Quijote, Sancho tiene sus momentos de lucidez y se cuestiona severamente. Decide engañar a su amo presentando a la primera labradora que encontrase en el camino como Dulcinea; “y cuando él no lo crea juraré yo; y si él jurare, tornaré yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más”.

Al regresar junto a su amo, Sancho le invita a encontrarse con la señora Dulcinea del Toboso “que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced”. Don Quijote no vio sino a las tres labradoras “sobre tres borricos”.

Se inicia aquí una de las escenas más hermosas de la novela. Sancho que procura convencer a su amo de tener ante sí a la hermosa Dulcinea, y Don Quijote que solo ve a tres campesinas rústicas. Sancho queda desconcertado. Su mentira queda al descubierto con el sentido de la realidad del Quijote, sentido que recobrará totalmente horas antes de su muerte.

En este juego realidad-ilusión, el lector se sumerge con deleite en la mejor novela de todos los tiempos.

alcibiades@abc.com.py

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