Algo así sentí cuando Cristina Fernández bajó del avión tras este triste año de exclusión regional, se paró frente al micrófono y nos habló de la Guerra de la Triple Alianza. De cómo ya tenían los papeles para devolver al Paraguay los trofeos de guerra, de lo mal que estuvo esa maquiavélica contienda bélica que duró seis años, donde tres países se juntaron para reventar a uno solo.
Cristina se deshizo en disculpas y calificativos por una guerra ocurrida hace más de un centenar de años, cuando nos saquearon, mataron, desmembraron y ralearon nuestra población a asesinatos limpios. Pero NADA dijo sobre la última alianza para la última guerra que nos libraron: ser marginados del Mercosur, de la UNASUR, los intentos por apartarnos de la OEA y hasta de la ONU, los portazos, los bloqueos, las humillaciones en centros de diálogos internacionales, todos ellos impulsados por los mismos viejos protagonistas de hace 143 años, más algunos nuevos socios.
No dijo una palabra de esta última guerra, más fría, más destructiva, mucho más sofisticada e igual de salvaje.
Una guerra también más hipócrita porque se autocalifican de “altruistas”; dicen que combaten y aniquilan en nombre de lo que para ellos significa democracia y autodeterminación, dignidad y orden social. Golpean donde se puede sacudir a un país, hacerlo tambalear, lograr que el avión entre en una turbulencia difícil de manejar. Y cuando consiguen todo eso, se pide la rendición en los términos que ellos quieren, obligándonos a sorbernos todas las decisiones que tomaron en sus nombres, en el nuestro... y en nuestra ausencia.
Por lo menos el asesor de Dilma fue menos hipócrita. No habrá creído conveniente venir a pedir perdón en nombre de nada que nos hicieron antes (que también nos hicieron). Fue más diplomático venir, mostrar alguna que otra sonrisa y salir de nuevo corriendo. Igual Pepe Mujica, y Dios nos guarde que no nos apareció Maduro para contarnos de qué manera el Pajarito le dijo que venga a bendecirnos para tener suerte en los próximos cinco años.
En fin. Tengo la cuasi tentación de decir que guerras eran las de antes; por lo menos los enemigos no nos decían que nos mataban porque nos querían. No jugaban jueguitos diplomáticos raros ni daban muchas vueltas para robarse nuestros tesoros ni abandonar cadáveres en el campo de batalla. Por lo menos sabíamos dónde estaban y qué esperar de ellos. Así que cuídanos de las guerras de nuestros amigos... que de las guerras de nuestros enemigos nos cuidaremos solos.
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