En 2011, por influencia de la Primavera Árabe, decenas de ciudadanos chinos salieron a las calles buscando el cambio de régimen político; sin embargo, los levantamientos duraron poco debido a la represión sistemática de Pekín a las manifestaciones y por el férreo control existente a las comunicaciones, convencionales y digitales.
China es un país donde la prensa libre no existe, las religiones son perseguidas por el régimen, que cuenta incluso con una “Iglesia Católica paralela” a la institución oficial ungida por el Vaticano. La población tibetana al igual que la uigur son brutalmente reprimidas y perseguidas para evitar cualquier tipo de críticas en contra del Gobierno. Internet es limitada y fuertemente custodiada por las autoridades, que censuran diariamente comentarios que se oponen a la dictadura.
Para el comunismo chino continúan siendo “delitos” los artículos de prensa relacionados con el “divisionismo de la nación” o que estén relacionados con la “subversión política”. Todos aquellos que osan “delinquir” contra el Estado son severamente castigados con prisión, tortura y hasta con la muerte. La pena de muerte sigue vigente y se aplica a varios “crímenes”.
Aunque parezca ridículo, la amenaza al régimen comunista no proviene de la oposición sino de sus propias filas.
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Semanas atrás, el Partido Comunista Chino, el único legal desde hace varias décadas, había realizado una depuración de sus miembros suspendiendo y luego sustituyendo a algunos líderes principales que podrían haber tenido un destacado papel en las reformas necesarias dentro de la agrupación política.
Los cambios drásticos ejecutados llaman la atención en momentos en que existe una fuerte presión interna para renovar no solo a las autoridades del partido, sino también algunos delineamientos políticos, aunque manteniendo la tradición comunista.
China sigue creciendo económicamente y hoy en día se posiciona con un factor protagónico dentro de la comunidad internacional. Tiene contratos multimillonarios en inversiones en varios países del mundo y desea implementar una política a largo plazo para que la nación pueda sostenerse prósperamente en las próximas décadas. Con esto, también tiene el Ejército más numeroso y uno de los más poderosos del planeta.
Resulta una paradoja que el libre mercado todavía no haya podido erradicar el autoritarismo reinante y la política estatista en cuanto a derechos humanos se trata. El sistema económico debería mínimamente dar un respiro a los millones de chinos que nunca pudieron disfrutar de libertad plena dentro de su propio país.
Las reformas políticas en China vendrán de la mano de los “propios comunistas”, porque es improbable que algún levantamiento tenga resultado positivo para la vigencia de los derechos individuales. En los últimos meses se incrementó el número de monjes tibetanos que se inmolan para llamar la atención sobre la invasión que sufren desde hace más de medio siglo. A diferencia de otras revueltas actuales, la de China tiene raíces no solo políticas y económicas sino también religiosas. Otro aspecto que lo hace distinta a los demás levantamientos es que la dictadura apaga duramente cualquier intento de crítica o manifestación y pueden contener a los opositores. Las noticias de detenciones o torturas no se conocen hasta mucho tiempo después.
El proceso de desarrollo económico chino demandará mayor libertad más temprano que tarde y permitirá realizar algunos cambios mínimos pero revolucionarios para los oprimidos. El poder que seguirá ejerciendo Pekín en el mundo será también motivo determinante para que la comunidad internacional presione por reformas. Reformas necesarias y urgentes que no pueden esperar más tiempo.